Violencia: “Se portaba mal”, las mil formas de culpar a las mujeres

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La Habana, octubre, (SEMlac). –“Ella se portó muy mal conmigo”, dice el hombre que reclama “respeto” porque él manda en su casa. “Ella se portó muy mal”, repite, ante un tribunal, el compañero de trabajo que acorraló a una colega, intentó violarla y jura que fue un tropiezo. Otro, celoso, le advierte a su pareja que con esas maneras le va a “buscar una desgracia portándose tan mal”.

En la aparente sencillez de esa frase cabe toda una manera de entender las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Es la coartada de quien golpea y la advertencia que se le hace a quien es golpeada. Es el reproche con que se justifica el control, el aislamiento, el dinero negado, la humillación o la vigilancia. “Ella se portó mal” y por eso se le castigó, se le calló, se le quitó la casa o la vida.

Cambian los hombres, los lugares y las situaciones, pero la frase permanece intacta, como un veredicto que viaja de boca en boca. No alude a lo que se hizo, sino a lo que se esperaba. No mide el golpe; mide la desobediencia. La violencia, que no soporta ser injustificable, necesita culpables y los busca siempre del lado de las mujeres que la reciben.

Desde esa frase, convertida en título y pregunta, la compañía “Contarte. Teatro del Relato”, lleva a escena una obra que no pretende comodidad. Presentada los sábados y domingos de octubre, a las 3:00 de la tarde, en la sala Raquel Revuelta de la capital cubana, la pieza teatral recorre en una hora cuatro historias de violencia contra las mujeres, desde las formas de maltrato más naturalizadas, hasta la agresión más extrema.

Actores y actrices de "Contarte. Teatro del Relato", durante la puesta en escena de "Se portaba mal", obra que lleva al escenario cuatro historias de violencia contra las mujeres.
Actores y actrices de “Contarte. Teatro del Relato”, durante la puesta en escena de “Se portaba mal”, obra que lleva al escenario cuatro historias de violencia contra las mujeres. Foto: Luisa Martina Hernández Valdés

Cuatro testimonios, un grito de ayuda

Kenia, Ivana, Ángela y Brenda no se parecen entre sí, pero sus historias se tocan. Cada una encarna un rostro distinto de la violencia machista.

La puesta se abre, sin embargo, con una voz masculina. Un hombre habla y se defiende: “Yo sé lo que dicen de mí. Que soy un tipo violento, un desgraciado, un verdugo. Pero nadie se ha parado a entender por qué”, le dice al público.

“Gritas, empujas, castigas, pero no porque odies. Es por no perder el respeto”, asegura en medio del escenario, mientras se justifica, victimiza, reclama respeto y repite que lo criaron así: su padre fue así y el padre de su padre, también.

El actor Julio Marín interpreta al hombre que intenta explicar y justificar su comportamiento violento apelando a una educación marcada por el control y la idea de autoridad masculina.
El actor Julio Marín interpreta al hombre que intenta explicar y justificar su comportamiento violento apelando a una educación marcada por el control y la idea de autoridad masculina. Foto: SEMlac Cuba

Es un monólogo incómodo, que pone en el centro del discurso el aprendizaje de un modelo de masculinidad asociado al mando, el control y la represión de las emociones. Es una manera de decir que el patriarcado no solo hiere a las mujeres, también moldea a quienes las hieren a ellas.

Kenia vive el control económico y patrimonial de su pareja, quien administra su dinero hasta intentar quedarse con la casa heredada de sus abuelos. “Me fui convirtiendo en un fantasma dentro de mi propia casa”, cuenta y recuerda el día en que descubrió que el título de la propiedad ya no estaba a su nombre.

Mailé Vázquez da vida a Kenia, quien enfrenta el control económico y patrimonial de su pareja, incluso sobre la vivienda que heredó de sus abuelos.
Mailé Vázquez da vida a Kenia, quien enfrenta el control económico y patrimonial de su pareja, incluso sobre la vivienda que heredó de sus abuelos. Foto: Luisa Martina Hernández Valdés

Ivana vive el acoso sexual en su centro de trabajo y la indiferencia de quienes deberían protegerla. Cuando denuncia, su jefe se ríe, la acusa de exagerar y le aconseja olvidar. Antes de eso, la vergüenza la lleva a pensar que quizás “había sido la causante de todo”.

Midalmis Pérez interpreta a Ivanna, quien enfrenta el acoso sexual en su centro de trabajo y la indiferencia de quienes deberían escucharla y protegerla.
Midalmis Pérez interpreta a Ivanna, quien enfrenta el acoso sexual en su centro de trabajo y la indiferencia de quienes deberían escucharla y protegerla. Foto: SEMlac Cuba

A Ángela la ahoga la violencia psicológica y económica, la que no deja marcas visibles. Su esposo la convence de que “no hace falta trabajar”, la hace depender de él para cada gasto y la obliga a suplicar el dinero que necesita para los zapatos de su hijo.

“Yo sigo ahí, ahí, ahí, hasta caer en la cama muerta de cansancio”, protesta y se descubre “una sirvienta” en su propio hogar. Lo que grita después, a salvo, es probablemente una de las frases más reveladoras de la obra: “no sabía que estaba siendo sometida a violencia económica, psicológica y física, pero supe que no quería criar a mis hijos en ese infierno y me fui sin mirar atrás, ni una sola vez”.

Catherina Piedra interpreta a Ángela, una mujer que reconoce el peso de la violencia psicológica y económica y decide abandonar la relación para protegerse y proteger a sus hijos.
Catherina Piedra interpreta a Ángela, una mujer que reconoce el peso de la violencia psicológica y económica y decide abandonar la relación para protegerse y proteger a sus hijos. Foto: Semlac Cuba

Brenda encarna la historia más sombría. Tras 19 años de relación, su pareja la deja sin techo, porque “la casa no era suya”. Frank, el hombre que la acoge, pasó de ser una pareja primero amorosa, para ser en verdad el que la golpea y la amenaza de muerte a ella y a su hija.

Se vuelve “la esposa perfecta e invisible”, intenta no estorbar, tapa los golpes con maquillaje y, cuando por fin se atreve a denunciar, escucha tras de sí con total naturalidad que ella es solo “una más”. Incluso, su amiga Elena minimiza las amenazas.

Brenda vive “entre el miedo, la vergüenza y la culpa”, hasta que ocurre lo que pudo evitarse: “ahora todos me creen. Pero ya es tarde, yo estoy muerta”.

Entre una historia y otra, una narradora al estilo del teatro brechtiano interrumpe para nombrar lo que acaba de ocurrir.

Samira Ramírez de Arellano interpreta a la narradora, un recurso de inspiración brechtiana que interrumpe las historias para nombrar las violencias, aportar datos e invitar al público a reflexionar críticamente sobre lo que ocurre en escena.
Samira Ramírez de Arellano interpreta a la narradora, un recurso de inspiración brechtiana que interrumpe las historias para nombrar las violencias, aportar datos e invitar al público a reflexionar críticamente sobre lo que ocurre en escena. Foto: Luisa Martina Hernández Valdés

Explica los tipos de violencia, ofrece cifras, interpela al público. Recuerda, por ejemplo, que una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia de género en algún momento de su vida y que en América Latina mueren 12 cada día por esta causa.

“Detrás de esos números hay sueños rotos, proyectos inconclusos, miedos, silencios”, dice y habla de “una cadena de desigualdades que comienzan mucho antes del primer golpe”.

Los tribunales cubanos juzgaron 49 asesinatos por razones de género durante 2025, según datos oficiales publicados por el Observatorio de Cuba sobre Igualdad de Género, señala.

En lo que va de año, cifras del observatorio independiente Alas Tensas elevan a 57 los femicidios ocurridos en 10 meses: una o dos mujeres por semana, precisa.

“La violencia de género es una emergencia social y el silencio mata”, subraya la narradora, que de ese modo conduce al espectador a pensar críticamente sobre el argumento y la problemática social que presenta la obra.

Teatro del relato: teatro con memoria

Elvia Pérez, directora de “Contarte” y de la puesta en escena, explica que la compañía existe desde 1998 y ha trabajado las tradiciones orales y fenómenos como la migración, el amor y el desamor.

Pero el tema de la violencia de género llegó empujado por la realidad, asegura a SEMlac: casos que antes quizás sucedían en silencio y hoy aparecen en las redes, en Cuba y en el mundo, con mujeres jóvenes y adultas asesinadas por parejas o exparejas, hijos e hijas huérfanas, familias desbordadas.

Con un tiempo escénico limitado, Pérez decidió no abarcarlo todo: eligió cuatro declaraciones testimoniales inspiradas en hechos reales, “con algo de ficción” en escenas y detalles, pero con la esencia de lo que ha ocurrido dentro y fuera de Cuba.

El resultado es una obra híbrida, que mezcla el testimonio, el narrador brechtiano y el teatro del relato. Buscaba que fuera creíble, que las actuaciones tuvieran verdad, porque su mayor objetivo es conmover y lograr que el público entienda la importancia de combatir este flagelo, insiste.

En la apuesta también hay crítica. La directora señala que las mujeres que denuncian se quedan con frecuencia desvalidas. Se pregunta qué ocurre cuando el agresor incumple una orden de alejamiento o entra a la casa, qué lugar existe para salir con una hija a un refugio. A su juicio, la obra aspira también a sensibilizar a las instituciones, porque necesitan otra actitud ante los hechos.

Pérez piensa, además, en una posible segunda parte de la obra para abordar las secuelas, los niños huérfanos, las familias rotas, el trauma que no se borra para quienes sobreviven, aunque salven la vida.

Ponerse en la piel de Brenda

Para la actriz Aymara Rojas Quiroga, integrante de “Contarte”, interpretar a Brenda fue un reto que no pudo resolver solo desde el oficio. Frontal y de carácter fuerte, como se define, tuvo que estudiar psicológicamente a varias víctimas y entender cómo una mujer queda atrapada en una situación que llega “de a poco”, hecha de pequeños gestos, justificaciones y pérdidas.

Cuenta que, para construir el personaje, llegó a hablarle y a pedirle permiso para prestarle la voz. A sus 52 años, vio en Brenda una etapa de la vida en que se supone que los sueños ya están cumplidos y, a veces, se rompen.

Aimara Rojas Quiroga interpreta a Brenda, cuya muerte expone el desenlace extremo de una cadena de desigualdades, amenazas desoídas y respuestas insuficientes que dejan a las mujeres en situación de desprotección.
Aimara Rojas Quiroga interpreta a Brenda, cuya muerte expone el desenlace extremo de una cadena de desigualdades, amenazas desoídas y respuestas insuficientes que dejan a las mujeres en situación de desprotección. Foto: Luisa Martina Hernández Valdés

“No siempre hay recursos para salir de ese ciclo de violencia. Muchas mujeres carecen de dinero, de redes o de una casa a la que volver”, explica la actriz, quien habla también del temor por los hijos, que convierte la violencia en un riesgo compartido.

Lo vive como un duelo con su personaje. “Yo le presto la fuerza, ella me deja seguir la historia”, dice.

Su reflexión atraviesa también el entorno que acompaña a las mujeres en peligro. Recuerda que, con la mejor intención, muchas veces se aconseja mal, se minimiza, se “pinta una realidad diferente” para consolar, como hace en la obra la amiga de Brenda.

La actriz advierte que la violencia no distingue: puede alcanzar a una obrera o a una intelectual, no depende de la edad ni de la belleza.

En opinión de Elvia Pérez, la directora de la obra, esta pieza es “un viaje doloroso, pero necesario” y una muestra de que el teatro todavía puede ser ese espacio donde se nombra lo que ocurre puertas adentro y fuera del hogar. Al encenderse las luces, la violencia queda expuesta y las excusas que la sostienen ya no pueden pasar inadvertidas.

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