Bellas y airosas: Ángeles Mastretta 77

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Hidalgo, México (SEMlac).-  Era el año de 1985 y yo esperaba a una amiga en un Samborns. Mientras ella llegaba, empecé a revisar los libros que se exhibían en la mesa de novedades.  Uno de ellos llamó de inmediato mi atención porque el nombre de la autora me era conocido: Ángeles Mastretta.

La había conocido porque, en mis tiempos de estudiante universitaria, quería organizar con mis amigas unas mesas redondas con mujeres periodistas y ella era una de las elegidas. Festiva, amable y generosa, me recibió en su oficina del Museo del Chopo. No solamente aceptó la invitación, sino que me regalo un libro suyo de poemas titulado La pájara pinta (1978). Salí del lugar con una buena vibra y la certeza de que nunca la olvidaría.

Por eso, cuando descubrí a Ángeles como autora de Arráncame la vida, su primera novela, compré el libro de inmediato. Disfruté mucho la historia de su protagonista, Catalina Ascensio. Todavía hoy la imagino recargada en las columnas del Banco de México, frente a Bellas Artes: esa imagen la guardo en mis recuerdos porque siempre he creído que es donde mejor se ven su belleza, su fuerza y su carisma, y porque corresponde al día en que conoce al gran amor de su vida.

Ángeles había creado, ante mis ojos, a una protagonista radiante. La novela recibió varios premios, ha sido traducida a docenas de idiomas y llevada al cine, y sigue gustando a nuevas generaciones, como mis alumnas.

Después llegó Mujeres de ojos grandes (1990), un libro que reúne relatos con voces femeninas que revelan historias de amor y desamor: mujeres fuertes que creyeron en sí mismas y mujeres que se creían frágiles, pero la vida les demostró que no lo eran.

En 1996 dio a conocer Mal de amores —que en pocos días se estrenará como serie en Netflix—, protagonizada por Emilia Sauri, una mujer desafiante e inteligente que oscila entre el amor de dos hombres: Daniel Cuenca y Antonio Zavalza. La protagonista no es mostrada como una mujer infiel, sino como una mujer amorosa, leal y apasionada.

Qué fácil resulta encontrar una nueva obra firmada por ella y comprarla, agradeciendo la existencia de esta escritora mexicana nacida el 9 de octubre de 1949. Ya sean relatos de viajes, reflexiones sobre la vida cotidiana, maridos que se olvidan o se evocan, o autocitas emotivas, Mastretta no ha dejado de publicar.

Por eso, a finales del siglo XX, cuando yo trabajaba en la revista Fem, pude disfrutar de una charla con ella. Durante la entrevista, solo en un momento se puso tensa. En ese tiempo yo estudiaba una especialización en estudios de la mujer y le insistía en la propuesta de varias teóricas feministas en torno a la literatura femenina. Entonces abandonó un rato el estudio donde se llevaba a cabo la conversación para tomar aire en una pequeña terraza.

Regresó, me miró a los ojos y dijo: “La razón por la que no quiero aceptar la palabra ‘literatura de mujeres’, o peor aún, ‘literatura femenina’, es que, por desgracia, el término femenino es considerado como algo de segunda; y si yo soy una buena escritora femenina, entonces soy una buena escritora de segunda. Me parece que en eso las mujeres escritoras debemos defender nuestra posición como escritores, como profesionales que se dedican a escribir, no como abanderadas de la voz de la mujer.

“Yo escribo de mujeres porque me parecen entrañables, cercanas, no porque sea un deber; me niego rotundamente a asumirlo como un deber. Una mujer no tiene por qué escribir forzosamente historias de mujeres; no es un deber. Lo importante siempre debe ser contar una historia. La batalla de las mujeres en la literatura no es ideológica, no pasa por el discurso, no tenemos que echar rollo para convencer. Lo único que debemos hacer es seguir trabajando, escribir no uno, sino muchos libros para hacer que la crítica y todo el público se interesen en nuestras obras. Sólo eso”.

No he olvidado esa charla y por eso siempre regreso a buscar la obra de Ángeles Mastretta, a sumergirme en sus historias, a volver mías sus palabras y espejo a sus protagonistas:

“Yo, Isabel Arango, me comprometo a vivir con intensidad y regocijo, a no dejarme vencer por los abismos del amor, ni por el miedo que éste me caiga encima, ni por el olvido, ni siquiera por el tormento de una pasión contrariada. Me comprometo a recordar, a conocer mis yerros, a bendecir mis arrebatos. Me comprometo a perdonar los abandonos, a no desdeñar nada de todo lo que me conmueva, me deslumbre, me quebrante, me alegre. Larga vida prometo, larga paciencia, historias largas. Y nada abreviaré que deba sucederme, ni la pena ni el éxtasis, para que cuando sea vieja tenga como deleite la detallada historia de mis días…”

¡Feliz cumpleaños, Ángeles Mastretta!

*La autora es periodista feminista, escritora y catedrática en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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