La Habana, agosto, (SEMlac). – Casi cuatro décadas estudiando la fecundidad adolescente le han dejado a Matilde Molina Cintra una certeza: “hoy la fecundidad adolescente hay que verla como una violencia de género”, afirma a SEMlac esta psicóloga e investigadora del Centro de Estudios Demográficos (Cedem) de la Universidad de La Habana.
“Es un fenómeno que amplía las brechas entre hombres y mujeres, entre lo urbano y lo rural, también en los temas educativos”, alerta la académica, quien ha combinado en sus estudios las herramientas que, desde la psicología y la demografía, le han permitido caracterizar a profundidad este fenómeno en el país.
Villaclareña, madre, abuela del pequeño Lucas, Molina Cintra habla de su trabajo con la misma pasión con la que habla de su infancia, rodeada de sus cinco hermanos y unos padres que le dieron una niñez muy feliz.
Si bien su vocación primera fue la psicología, no llegó a esta especialidad por el camino más corto, reconoce.
Al terminar el preuniversitario en Santa Clara —a poco más de 330 kilómetros de La Habana— solicitó la carrera, pero en esos años coincidió el proceso de selección universitaria con la convocatoria a un destacamento pedagógico que enviaba a un grupo de jóvenes cubanos a formarse en el exterior.
Molina Cintra aceptó ir a Alemania para estudiar una especialidad en trastornos de la conducta, pero al llegar descubrió que esa carrera solo se ofrecía a psicólogos ya graduados, no como estudio de pregrado. La reubicaron entonces en una ingeniería mecánica de control de calidad en la Universidad Técnica de Dresden, donde cursó un semestre junto a otras tres cubanas.
Ante la opción de continuar la ingeniería o regresar a Cuba con la garantía de estudiar psicología, eligió volver. En septiembre de 1983 entró, por fin, a la carrera de Psicología en la Universidad de La Habana.
Fue en el Centro de Estudios sobre la Juventud —“una gran escuela donde pasé 11 años”, dice— donde se formó como investigadora. Pero hacia el final de esa etapa sintió que investigar ya no le bastaba.
“Quería también transformar, ayudar directamente a las personas”, apunta. Junto con otras colegas propuso crear un centro de orientación psicológica para niños, adolescentes y jóvenes, y empezó a la vez una maestría en psicología clínica. El proyecto, sin embargo, no llegó a concretarse. Cuba atravesaba por la crisis económica profunda de los años 90, tras el colapso de la Unión Soviética, y abrir instituciones nuevas se hacía casi imposible, rememora.
Fue entonces cuando decidió buscar otro espacio donde aplicar lo que había aprendido, más cerca de las personas. Llegó así al Policlínico Plaza de la Revolución, en la capital cubana —hoy Policlínico Docente Cosme Ordóñez—, donde permaneció otros 11 años y tuvo su primer contacto directo con la violencia de género, pues su tesis de especialidad en psicología de la salud fue sobre violencia intrafamiliar.
Un reto mayor encontraría al llegar al Cedem, un centro de investigadores y docentes de muy alta calificación, donde la exigencia era distinta a todo lo que había conocido antes. Fue ahí, dice, donde encontró un espacio para unir la psicología con demografía.
“Los números, los datos, muestran mucho”, explica, “pero detrás siempre hay comportamientos humanos, motivaciones, necesidades”. Decidida a iniciar su doctorado, eligió justamente un tema con el cual se sentía más segura y que combinaba ambas áreas: la salud sexual y reproductiva en la adolescencia, la etapa de la vida que ya conocía mejor por su trabajo anterior.
Un problema social con varias caras
Cuando habla de fecundidad adolescente, Molina Cintra se refiere a la que ocurre en mujeres menores de 20 años, un evento demográfico que en Cuba se ha resistido al descenso pese al desarrollo social, de salud y de educación alcanzado en el país, subraya.

Por eso lo considera un problema social y no solo un dato estadístico, y lo explica en al menos tres razones que se entrelazan. En primer lugar, está su impacto individual y familiar: la adolescente que se convierte en madre pierde oportunidades educativas, ve truncado su nivel escolar y, con ello, sus posibilidades futuras de conseguir un trabajo que sostenga económicamente a la nueva familia, apunta la experta.
A esto se suma, en segundo lugar, la reproducción intergeneracional del patrón relacionado con ser hijas de madres adolescentes y ser nietas de abuelas que también fueron madres adolescentes. “El embarazo adolescente reproduce violencias y pobreza de generación en generación”, dijo.
Y, por último, está su vínculo —ya demostrado en estudios de América Latina y que Cuba empieza a mostrar también— con la reproducción de la pobreza, advierte la entrevistada.
De acuerdo con Molina Cintra, ese patrón se mantiene bastante estable, aunque las tasas generales bajen: adolescentes con bajo nivel de escolaridad, con predominio de color de la piel negra o mulata, desvinculadas del estudio o el trabajo, y en relaciones de pareja que en la mayoría de los casos resultan casuales o momentáneas, no estables.
Un dato que la investigadora subraya con fuerza es la diferencia de edad con la pareja: mientras más pequeña es la muchacha, mayor suele ser esa distancia, con una media de entre 7 y 10 años. Según la Encuesta Nacional de Fecundidad de 2022, en 10 por ciento de los casos de madres adolescentes la diferencia llega, incluso, a los 10 años o más, explica.
El Código de las Familias, aprobado en 2022, anuló el matrimonio infantil y equiparó a los 18 años la edad legal para casarse, tanto para hombres como para mujeres. Molina Cintra lo reconoce como un avance importante, pero advierte que el problema no desaparece porque persisten las uniones consensuales de menores.
“Seguimos viviendo en una sociedad cómplice de estas conductas disfuncionales”, alerta y destaca que “hay una naturalización de este fenómeno que no nos ha permitido reaccionar adecuadamente”.
La mayor desarticulación de la fecundidad cubana
Cuba cerró 2025 con una tasa global de fecundidad de 1,29 hijos por mujer, una tasa “ultrabaja” que, según Molina Cintra, solo tienen los países desarrollados. Y es justo ahí donde ubica la mayor desarticulación de la fecundidad cubana: pese a ese descenso general, la fecundidad adolescente no ha bajado al mismo ritmo.
La disminución más reciente responde, sobre todo, a una mayor distribución de anticonceptivos de larga duración —fundamentalmente implantes— desde 2023-2024, con apoyo del Fondo de Población de las Naciones Unidas (Unfpa). Aun así, el peso de la fecundidad adolescente en el total del país bajó apenas de 18 por ciento en 2024 a 17,3 por ciento en 2025, con provincias que superan el 20 por ciento de contribución y municipios por encima del 25 por ciento.

A la demógrafa le preocupa, además, que el fenómeno ha dejado de ser predominantemente rural. “Hay provincias hoy en Cuba donde la fecundidad adolescente es más alta en las zonas urbanas que en las rurales”, señala, “y eso nos tiene que preocupar, porque son las zonas donde mayor acceso se debe tener a los servicios”.
Advierte que ese descenso reciente puede no ser sostenible, pues considera que la inversión en anticoncepción debe ir de la mano de la educación integral de la sexualidad, que a su juicio es “el factor más debilitado” en la respuesta cubana al tema.
Como investigadora, defiende el papel de los datos desagregados —por edad, sexo, color de la piel, situación conyugal, actividad económica— para diseñar e implementar políticas a nivel local. Si bien reconoce avances en el uso de las estadísticas por parte de gobiernos y territorios en los últimos años, insiste en que ese trabajo todavía no es parejo en todo el país.
Sobre el escenario demográfico cubano —marcado por un acelerado envejecimiento, saldo migratorio negativo, baja fecundidad general—, plantea la necesidad de construir lo que llama resiliencia demográfica.
“No importa cuántos seamos, lo importante es aprovechar la población que tenemos”; y aclara que esto no significa presionar a las mujeres a tener más hijos, sino garantizar las condiciones y los derechos sexuales y reproductivos para que decidan cuándo y cuántos hijos tener.
Feminismo desde el psicodrama
Molina Cintra se define feminista “por ser una mujer defensora de los derechos de las mujeres” y subraya la importancia de sumar a los hombres a esa lucha por la igualdad.
Su vínculo más fuerte con el feminismo lo ha construido a través del psicodrama feminista, un espacio surgido en El Salvador en 2012, con antecedente en el Congreso Iberoamericano de Psicodrama realizado en Cuba un año antes.
Detrás de ese trabajo está la figura de Úrsula Hauser, psicoanalista y psicodramatista suiza, quien ha impulsado el psicodrama feminista en distintos países de América Latina y mantiene un vínculo activo con lanación caribeña. Desde aquel primer encuentro, Molina Cintra ha participado en varias ediciones, de ellas la quinta de 2018 y la séptima de 2024 celebradas en Cuba.
La psicóloga define el psicodrama como “una herramienta metodológica que ayuda a canalizar emociones” y que no tiene edad ni tema fijo para trabajarse. En Cuba se ha aplicado en el acompañamiento comunitario tras desastres —el tornado que azotó La Habana en 2019, la explosión del hotel Saratoga en 2022 y los ciclones que azotaron a Pinar del Río en 2008— y, cada vez más, en investigaciones y doctorados sobre violencia de género, en articulación con el Centro de Estudios de Bienestar Psicológico (CEPSI) de la Facultad de Psicología.

En los encuentros de psicodrama feminista, explica, se trabaja a partir de historias personales que terminan por convertirse en historias colectivas. Para Molina Cintra, ese ejercicio compartido es lo que permite visibilizar cuánto se laceran los espacios de las mujeres, muchas veces sin que ellas mismas tengan plena conciencia de ello, y fortalecer al mismo tiempo lo que sí funciona.
Sobre cómo la crisis económica actual afecta a las mujeres, Molina Cintra conecta la tensión de la vida cotidiana con el aumento de la disfuncionalidad social, y llama a poner el foco tanto en la atención como en la prevención de las violencias. Le preocupa en particular su efecto en la niñez: “Niñas y niños hoy respiran, observan, viven toda esa violencia intrafamiliar que hay”.
Para ella, la respuesta pasa por fortalecer la autonomía de las mujeres en varias dimensiones: física, económica, política y de toma de decisiones, con la económica como base de las demás.
“De la autonomía económica depende, para mí, el resto de las autonomías. Cuando usted depende de alguien para vivir su vida, no es posible que pueda tomar una decisión conscientemente. Tener un salario propio no basta si no hay control real sobre su uso. `¿Decides tú qué haces con ese salario, o cuando llegas a la casa con ese salario, qué pasa con él?`”, reflexiona.

Después de recorrer el país estudiando la fecundidad adolescente, Molina Cintra señala tres cosas que aún la impactan. La primera es la ingenuidad en la mirada de estas adolescentes: “…es un poco como ubicarse en que estoy hablando con una madre, no con una niña”.
La segunda es una pregunta que ha escuchado varias veces, sobre todo en zonas rurales: “¿para qué seguir estudiando?”, que atribuye a una pérdida del sentido de futuro que compete a la escuela y a la familia.
La tercera es comprobar que, aun viviendo con su hijo o hija, muchas veces es la abuela quien realmente lo cría. “Esa adolescente no tiene todavía conciencia real de los roles que tiene como madre. Como sociedad necesitamos entender que siguen siendo niñas”, enfatiza.
El país que imagina parte de ese “sueño con una Cuba bella, no solamente por su paisaje, sino por su colorido social, donde mis nietos y los nietos de mis amigas puedan lograr un futuro aquí”. Una Cuba, dice, “donde los jóvenes no tengan que marcharse para lograr sus sueños” y donde el cambio sea una tarea compartida: “no hay una varita mágica que nos va a transformar. Necesitamos que todos los cubanos podamos participar, que todos podamos transformar”, concluye.


