Bellas y airosas: 130 aniversario luctuoso de Laureana Wright

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Hidalgo, México (SEMlac).-  “¿Qué necesita la mujer para llegar a la perfección? Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y sobre todo, amor a sí misma y a su sexo para trabajar por él, para rescatarle de los últimos restos de la esclavitud que por inercia conserva”.

Nunca dejo de emocionarme al leer este texto, publicado en 1893 en el periódico El Correo de las Señoras, y escrito por Laureana Wrigth. Si lo leo en voz alta, mi voz se quiebra. Si lo leo ante una audiencia joven, insisto en que valoren cada palabra, que palpen esa visión crítica y confiable de una mujer mexicana nacida en el siglo XIX. Un texto que ella escribió tres años antes de morir y donde considero que resumió la fuerza de su discurso, que hoy podemos calificar de feminista.

Me gusta recordar que Laureana llegó a mi vida justo en el momento que más la necesitaba. Era una joven estudiante de la Licenciatura en Comunicación, inquieta e interesada en recuperar a las periodistas que nos abrieron camino en la prensa mexicana. Ella representó el nombre que tanto necesitaba para demostrar que el periodismo no era algo ajeno a nosotras.

En la Hemeroteca Nacional consulté Violetas del Anáhuac, semanario donde dejó su imborrable huella y que se caracterizó por insertar artículos y ensayos donde se reflexionaba sobre la educación de las mujeres, que dio voz a la primera médica mexicana, que cada semana -en pluma de Laureana- podían leerse semblanzas de maestras, escritoras y luchadoras sociales de la época. No había recetas ni consejos de belleza, las escritoras preferían recomendar lo mejor del teatro, orientar sobre temas políticos, hacer divulgación de la ciencia.

Nacida en Taxco, Guerrero, su infancia la desarrolló en la Ciudad de México, donde desde pequeña demostró su amor por las letras al escribir algunos poemas. Tuvo el privilegio de recibir una educación en casa con diferentes profesores que motivaron sus ganas de saber y aprender más. Ya adolescente fue invitada por sus contemporáneos a pertenecer a sociedades literarias y a colaborar en publicaciones como el Diario del Hogar y El Álbum de la Mujer.

Se casó con Sebastián Kleinhans y tuvieron una hija, Margarita. En 1887 apareció el primer número de Violetas del Anáhuac y durante dos años fue un espacio generoso que abrió sus páginas para toda mujer que deseara publicar poemas, relatos o reflexiones.

Solo una grave enfermedad pudo parar el ritmo de Laureana y posiblemente por ello pasó la estafeta a Mateana Murguía, para que se quedara como directora del semanario. La complicidad entre ellas quedó claramente reflejada en una semblanza publicada el 10 de junio de 1888, donde Mateana reconoce el gran perfil de su amiga:

“Bien sabemos que la señora Kleinhans, que no posee una modestia artificial, va a mortificarse verdaderamente; ella nos había advertido con toda sinceridad que no se hablara de su persona en nuestra publicación. Pero, nuestro caballeroso editor apoyó nuestra idea y hemos decidido engalanar este número con el retrato y la biografía de nuestra estimada Laureanita. Ella se ha distinguido por sus atrevidos rasgos y por sus filosóficas conclusiones, cualidades que, si en un hombre son aplaudibles, en una mujer son título bastante para engrandecerla”.

No solamente Mateana valoró el trabajo periodístico de Laureana. En 1904 la revista La Mujer Mexicana hizo un bello homenaje al publicar representativos ensayos firmados por Wrigth, que falleció el 22 de septiembre de 1896.

Cuando escribí la novela Tinta Violeta (DEMAC, 2022) donde reconstruyo literariamente su biografía, mi querido maestro Agustín Cadena me hizo cambiar el final: “No la pongas en su lecho de muerte -reclamó- que la historia termine con la misma fuerza que ella vivió”. Entonces, la imaginé ese día de 1893 cuando entregó su texto al semanario El Correo de las señoras:

“Repitió́ la última frase que había redactado en su texto “La mujer perfecta” y con el mismo anhelo que la inspiró crearla musitó: ‘¿Qué necesita la mujer para llegar a esta perfección? Fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y, sobre todo, amor a sí misma…’

“Antes de entrar a la casona que albergaba al periódico, sacó de su bolso el texto para entregarlo, y ráfagas impetuosas sacudieron los papeles que tenía en las manos. Laureana tuvo la certeza de que sus palabras tomaban la fuerza del viento, que se desprendían de esas hojas dispuestas a subir al cielo, colgarse de las nubes, danzar con cientos de mariposas y detenerse para siempre en una mirada amiga.

“Su firma en tinta violeta brillaría bajo el sol.”

La autora es periodista feminista, escritora y catedrática en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

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