Mérida, Yucatán (SEMlac).- Hay nostalgias de lo vivido y también, comienzo a pensar, nostalgias de lo que nunca ocurrió. No añoramos solamente el mundo que tuvimos. Podemos añorar el mundo que alguna vez creímos que tendríamos.
Es la nostalgia del futuro.
Durante buena parte de los dos últimos siglos, las sociedades occidentales vivieron bajo una especie de teleología del futuro. Podían discrepar radicalmente sobre cómo sería, pero coincidían en algo fundamental: adelante estaba la posibilidad de un mundo mejor.
El liberalismo prometió libertad y prosperidad. El socialismo y el comunismo, igualdad. El Estado de bienestar ofreció seguridad. El desarrollismo prometió que los países pobres dejarían de serlo. La democracia, que los ciudadanos podrían gobernarse a sí mismos. Los movimientos feministas, que algún día nacer mujer no determinaría derechos, oportunidades ni destinos.
Se luchaba por futuros diferentes, incluso incompatibles. Pero se luchaba por el futuro.
Ni siquiera las grandes catástrofes del siglo XX consiguieron destruir por completo esa confianza. Dos guerras mundiales, el Holocausto, Hiroshima y Nagasaki, las hambrunas y la amenaza nuclear de las décadas siguientes no impidieron que sucesivas generaciones continuaran pensando que valía la pena trabajar para que mañana fuera mejor que hoy.
Existía una especie de contrato con el tiempo.
Estudia. Trabaja. Ahorra. Construye un patrimonio. Forma una familia. Participa. Vota. Organízate. Defiende tus derechos. La recompensa quizá no llegue inmediatamente, pero llegará.
Había también un contrato colectivo. Construyamos instituciones, escuelas, hospitales, universidades. Defendamos la democracia. Ampliemos los derechos. La siguiente generación recibirá un país mejor.
Algo se ha roto.
No afirmo que las generaciones jóvenes carezcan de futuro. Me preocupa algo diferente: un grupo creciente de jóvenes y personas en edad madura parece haber llegado a la conclusión de que el futuro que les espera difícilmente será mejor que su presente.
Y no son necesariamente los menos preparados. Pueden ser precisamente los más educados, informados e inconformes; quienes conocen el cambio climático, observan la precariedad del empleo, calculan el costo de una vivienda, anticipan los efectos de las transformaciones tecnológicas y saben que un título universitario ya no garantiza autonomía económica.
¿Agua limpia disponible dentro de 30 años? ¿Casa o departamento propios? ¿Empleo suficientemente remunerado al terminar la universidad? ¿Seguridad económica en la vejez? ¿Servicios de salud y cuidados? ¿Igualdad laboral y salarial para las mujeres? ¿Una jubilación que se cumpla y que sea suficiente?
Cuando las respuestas se vuelven inciertas, cambia nuestra relación con el tiempo.
¿Por qué sacrificar el presente por un futuro cuya recompensa ha dejado de ser creíble?
El sociólogo Zygmunt Bauman llamó “retrotopía” a una de las respuestas contemporáneas a esta pérdida de confianza. Si ya no podemos colocar nuestras esperanzas adelante, comenzamos a buscarlas atrás.
La política deja entonces de ofrecer destinos y comienza a ofrecer retornos.
“Make America Great Again” es probablemente la formulación política más conocida. No ofrece una grandeza por construir, sino una grandeza por recuperar.
El fenómeno rebasa ideologías y fronteras. Cuando el futuro produce temor, el pasado puede convertirse en refugio. Poco importa que ese pasado jamás haya existido exactamente como lo recordamos. Las nostalgias políticas no necesitan demasiada precisión histórica.
Hay otra respuesta: renunciar al futuro.
Vivir el presente. Extraer de él todo lo posible. No comprometerse demasiado con un mañana incierto. Puede ser una decisión perfectamente racional desde el punto de vista individual. El problema comienza cuando esa racionalidad de un@ se generaliza.
Porque también la democracia necesita futuro.
Aceptamos perder una elección porque habrá otra. Respetamos límites al poder porque mañana podemos estar en la oposición. Construimos instituciones cuyos resultados quizá no veremos. Defendemos derechos que ejercerán plenamente personas que todavía no han nacido.
La democracia descansa sobre una promesa temporal: habrá un mañana y nuestras acciones de hoy influirán sobre él.
Lo mismo sucede con los derechos de las mujeres.
Pertenezco a una generación que vio conquistas que parecían casi inimaginables cuando éramos jóvenes. Pero ninguna está asegurada para siempre. La paridad, la igualdad sustantiva, el derecho a una vida libre de violencia pueden avanzar, estancarse o retroceder. Haber conquistado un derecho no nos exime de defenderlo.
El próximo viernes cumpliré 75 años.
Durante mi juventud y mi vida adulta creí firmemente que un futuro mejor era posible. Hoy no podría sostener con la misma certeza que el progreso sea inevitable. La historia nos ha enseñado demasiado para conservar esa ingenuidad.
Pero tampoco estoy dispuesta a aceptar la conclusión contraria: que el futuro necesariamente será peor y que, por tanto, sólo queda disfrutar lo que tengamos mientras podamos.
A determinada edad aparece incluso otra tentación: “Ya hiciste lo que pudiste. Ahora disfruta lo que te queda”.
No.
También a los 75 se tiene futuro.
Pero se acercan mucho los años que no alcanzaremos a ver.
Quien planta un árbol cuya sombra nunca disfrutará está actuando sobre el futuro. Quien construye una institución que espera que sobreviva a su generación, también. Quien conquista un derecho para mujeres que todavía no han nacido está trabajando sobre un tiempo que no será suyo.
Quizá necesitemos entonces reconstruir un tercer contrato: el intergeneracional.
Mi esfuerzo presente puede mejorar un futuro que yo no viviré.
Por eso pienso estos días en las decenas de miles de jóvenes obligados a presentar un examen de control para ingresar a la UNAM. Después de meses de preparación, de un examen cuestionado y de una decisión institucional que los obliga a probar nuevamente lo que saben, muchos estarán preguntándose si todo ese esfuerzo vale la pena.
A ellos quisiera decirles que sí.
No porque un título garantice el futuro. Ya no podemos hacer esa promesa.
Sino porque renunciar anticipadamente a construirlo garantiza algo peor: dejar que otros decidan por nosotros cómo será.
Ernst Bloch escribió sobre el principio de la esperanza y sobre aquello que “todavía no” existe. Quizá nuestro tiempo necesite recuperar esas dos palabras: todavía no.
No sabemos cómo será el futuro. Tampoco podemos encender nuevamente los enormes reflectores ideológicos de los siglos XIX y XX que pretendían mostrarnos el destino final de la historia.
Quizá baste una lámpara.
Diógenes recorría Atenas con la suya encendida a plena luz del día buscando un hombre honesto. Nosotros podríamos utilizarla para otra búsqueda: encontrar, en medio de tanta incertidumbre, futuros que todavía sean posibles.
Una lámpara no ilumina todo el camino. Apenas permite distinguir los siguientes pasos.
Tal vez sea suficiente.
No quiero recuperar el futuro en el que alguna vez creí. Quiero recuperar la capacidad de creer que todavía podemos construir uno mejor.
No podemos devolverle al mundo la certeza perdida. Pero sí podemos negarnos a aceptar que la desesperanza sea nuestra herencia.
El futuro todavía puede ser mejor.
Encendamos la lámpara.
* La autora es licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán


