Pachuca, Hidalgo, México (SEMlac).- En una ocasión, Celia del Palacio me confió que, si pudiera regresar a 1978, cuando decidió estudiar Letras Hispanoamericanas en la Universidad de Guadalajara, y la Celia de hoy se pudiera encontrar con la jovencita que fue, está segura que se compartirían una sonrisa cómplice y, admirada, musitaría: “¿Esa señora, soy yo ahora?”. No le creería a la Celia adulta que acaba de recibir el reconocimiento del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII), al nombrarla emérita por su admirable trayectoria.
“Y ¿qué podemos tener en común esa muchachita soñadora y esta señora que no ha dejado de soñar?”, me pregunta y responde: “Tal vez la convicción de que sí se puede hacer realidad cada deseo, cada propósito, cada proyecto. Le diría que todo va a salir bien, que le eche muchas ganas a todo, que habrá momentos buenos y malos, pero siempre saldrá adelante”
En efecto, es tan sencillo encontrar un texto firmado por esta investigadora, ya sea sobre la historia del periodismo, las mujeres en el movimiento de 1810, las trágicas situaciones de violencia hacia periodistas en Veracruz o una novela. El estudio del periodismo y la inspiración literaria han marcado la pauta de su obra.
Celia afirma que “desde mis primeros años de estudiante universitaria supe que la hemeroteca era mi hábitat natural. Y, gracias a ello, la historia del periodismo en Jalisco y en Veracruz fue recuperada en sus textos. Se casó muy joven y al poco tiempo nació su hijo Alejandro. Entre los primeros pasos de su pequeño y las caricaturas, decidió hacer su maestría. Dos de sus profesores resultaron determinantes para su formación: Enrique Sánchez Ruiz y Raúl Fuentes Navarro, este último asesoró su tesis, que después se convirtió en su primer libro: Del taller artesanal al periódico industrial. La Gaceta de Guadalajara. 1902-1914.
Después de esta grata experiencia, seguía el paso obligado: hacer el doctorado. Otra vez Celia del Palacio quiso explorar otro escenario. Así, de Letras Hispanoamericanas, Sociología y Comunicación, el siguiente fue la Historia. Los temas elegidos, el amor y la tenacidad influyeron para que de la Universidad de Guadalajara se fuera a la Universidad Veracruzana, donde fundó un posgrado enfocado en el estudio de la comunicación. Así, en 2009 nació el Centro de Estudios de la Cultura y la Comunicación, en Xalapa.
Las funciones administrativas que desarrolló en las gestiones académicas nunca obstaculizaron su compromiso por la investigación. Así, en 2006 dio a conocer dos publicaciones: Siete regiones de la prensa en México y Rompecabezas de papel. La prensa desde las regiones de México.
Incansable, encontró alianzas y complicidades en sus proyectos, lo que fue un gran detonante para tejer la Red de Historiadores de la Prensa, en 1999, que permite el intercambio de experiencias entre especialistas.
Pero surgió un cambio de 180 grados en su trabajo académico, cuando la ola de violencia contra periodistas en Veracruz la sacudió. “Me sentí comprometida. No entendía que pasaba. ¿Por qué los están matando? Pese a todo, logré hacer un trabajo que se convirtió en el libro titulado Callar o morir en Veracruz. Violencia y medios de comunicación en el sexenio de Javier Duarte (2010-2016), publicado en 2018”. No ha dejado el tema, coordinó un libro sobre los escenarios violentos en el país, Violencia y periodismo regional en México (2015), y recibió, junto con Alberto Olvera, el “Premio Miroslava Breach 2018” por el mejor artículo sobre violencia contra periodistas.
El ritmo de las investigaciones la absorbía –“aunque yo solita me motivaba a no dejar mi lado literario”–, así que publicó su primera novela en 2008: No me alcanzará la vida. Después, la historia novelada de Leona Vicario. Hizo un trabajo, entre literario y académico, sobre las mujeres en la independencia, Adictas a la insurgencia. Luego escribió Las mujeres de la tormenta. En 2014, una biografía sobre Lupe Vélez. En 2021, El camino del fuego, que narra la experiencia de una mujer en los tiempos de la conquista.
Pese a haber estado muy delicada de salud, su disciplina y amor por la vida la fueron fortaleciendo. “Estar conmigo misma esos días difíciles me motivó a reflexionar qué quiero, qué puedo hacer y qué no, pero puedo hacer otras cosas. Palpé la certeza de ser finita, de que te puedes morir en cualquier momento y no puedes hacer nada. Puse en primer lugar la vida y al final cosas banales como la fama o el reconocimiento. Cuando llegas a ese límite de la vida, sabes que no puedes hacer nada, quizá esperar que el cuerpo sane, tal vez aguardar sin miedo el final. Pero, el miedo ahí está, por supuesto que temes morir porque tienes ganas de vivir y aquí sigo”.
Gracias Celia por seguir con esa inspiración y mira, hoy celebramos que seas investigadora Emérita en el SNIII. ¡Felicidades!


