La Habana, septiembre (SEMlac). La industria musical reproduce, con particular crudeza, brechas de género que atraviesan al conjunto de la sociedad. No se trata de un fenómeno sectorial, sino de una herencia cultural que, en el ámbito musical, se agrava por el alto nivel de exposición pública de las artistas, sobre todo de aquellas que ocupan roles visibles: cantantes, instrumentistas, solistas.
A ello se suman otros mecanismos igualmente persistentes: la normalización de la imagen femenina como producto de venta para atraer a un público masculino que, por tradición, se considera “el que paga”; además de la ausencia de logística en los eventos públicos que garantice condiciones de seguridad y cuidado para las mujeres, tanto de las que suben al escenario, como de las que asisten como público.
Así trascendió durante el panel “Claves en el entorno musical de hoy”, el 26 de septiembre, como parte de la segunda edición del festival “Música es Mujer” (MEM), en el Pabellón Cuba de La Habana y bajo el lema “Sonando fuertes & vibrando alto”.
“Las brechas de género son transversales a todos los ejes sociales y profesionales”, reflexionó la periodista Dixie Edith Trinquete, periodista del Servicio de Noticias de la Mujer de América Latina y el Caribe (SEMlac).

Estas desigualdades “no solo ocurren en el escenario de la música, sino que son parte de una estructura sostenida sobre una desigualdad de poderes evidente que siempre ha favorecido a los hombres”, detalló la periodista de SEMlac, agencia de informacion de vocación feminista y que trabaja desde finales de los años 80 del siglo XX en una propuesta informativa basada en enfoques de género y derechos.
Un ejemplo es cuando estereotipos diversos que persisten en la sociedad sobre lo que debe hacer un hombre o una mujer se trasladan al ámbito de la música. “Entonces se asume que las mujeres son más aptas para determinados géneros o instrumentos musicales y los hombres para otros”, valoró la periodista.
Trinquete recordó el caso de Yusa, reconocida compositora e instrumentista cubana que domina guitarra, teclados, bajo y percusión. “Cuando Yusa empezó a tocar públicamente la batería fue casi un escándalo, pues en un medio en el cual había muchísimas mujeres con capacidad de hacerlo, eso no era lo habitual”.
Las estadísticas respaldan esa observación: en Cuba, si bien las escuelas de música están llenas de mujeres, muy pocas agrupaciones musicales o instituciones culturales vinculadas a la música están dirigidas por ellas. “Las mujeres están en la base, pero no están tomando decisiones”, subrayó la periodista.
Emprender desde abajo
Por otro lado, las que emprenden, dentro o fuera de la música, “suelen llegar al emprendimiento con menos capital económico y con menos capital social y relacional”, valoró la panelista.
Katia Pérez Díaz, coordinadora de la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras (RCME), también parte de la organización del festival, coincidió en que la razón de que esto ocurra es estructural.

“Ellas han estado toda la vida subordinadas al espacio doméstico, que les consume tiempo y limita las oportunidades de establecer relaciones que luego dan lugar a mejores negocios. ¿Dónde se hacen esas relaciones? De noche, en una cafetería, en un bar. En ese horario generalmente las mujeres no están en esos lugares”, apuntó.
Para las que se dedican a la música, esa limitación tiene un costo adicional: a diferencia de otros sectores donde la visibilidad no determina el éxito, en la música “tu éxito sí depende del nivel de visibilidad que puedas alcanzar”, agregó Trinquete.
El tercer eje del panel abordó una dimensión que rara vez se discute: la ausencia de infraestructura de protección y cuidado en los eventos públicos. Hera de Cuba, artista, presidenta del comité organizador de “Música es Mujer” y moderadora del panel, lo posicionó como una extensión de la transversalidad de las brechas.
“Cuando se crea un evento musical, la logística no incluye una protección para las mujeres; no solamente para las artistas, sino también para las que van como público. No hay espacios para la protección desde el punto de vista de la seguridad. No se crean espacios para el cuidado de las infancias”.
Katia Pérez Díaz anunció que el festival MEM, como parte de su apuesta por eliminar desigualdades, incorporó en esta edición un servicio de cuidado infantil gestionado por el emprendimiento “Los colores de Isa”, de Zailin Pérez Zaldívar, integrante de la junta directiva de la RCME.
“No es solo cuidado, es una propuesta de talleres formativos, educativos, para esos niños y niñas”, precisó. Y añadió: “Las familias pueden venir a disfrutar sin pensar ‘ay, no tengo con quién dejar al niño’. ¿A cuántas de ustedes no les ha pasado?”, interrogó a las participantes.
La imagen como producto y el público masculino como mercado
Otro eje del panel abordó un mecanismo más sutil, pero igualmente persistente: la normalización de la imagen femenina como producto de venta y anzuelo para atraer a un público que, por tradición, se considera el que paga.
Hera de Cuba compartió una anécdota personal que ilustró hasta qué punto esos estereotipos operan, incluso, fuera del escenario.
Siendo más joven, vestida con saya corta y pelo llamativo, salió de madrugada de la Casa de la Música del municipio de Centro Habana, acompañada por una amiga, también mujer, negra y vestida de manera similar. Ambas fueron confundidas con prostitutas por agentes de la policía, mientras caminaban por un céntrico parque de la zona.
Trinquete inscribió ese episodio en un análisis interseccional: “los estereotipos se superponen unos con otros. Algunos operan por ser mujer, pero luego se combinan con ser negra, o de otra zona del país, o con tener determinado oficio o profesión y generan otras discriminaciones”, añadió.
Mariam Rodríguez, jurista de PETRA Consultoría, llamó a capacitarse en asuntos jurídicos y de derechos y aportó elementos del marco legal que sostiene —o debería sostener— la relación entre las artistas y la industria.

La jurista desglosó las tres áreas principales de derechos en la industria musical: los derechos de autor sobre la letra y la composición musical; los derechos de los artistas intérpretes; y los derechos de los productores de fonogramas.
Rodríguez hizo especial énfasis en la importancia de proteger el nombre artístico como marca y prepararse muy bien para entender y verificar los contratos, generalmente elaborados por hombres y un área donde las artistas cubanas son especialmente vulnerables.
Mencionó los llamados “contratos 360” y los calificó de “leoninos, abusivos totalmente”. Relató el caso de una persona que acudió a ella tras recibir una oferta de un estudio extranjero: “le habían prometido mil cosas y, cuando yo veo el contrato, decía totalmente lo contrario: establecía exclusividad por no sé cuántos años, incluso con su imagen y más allá de la música”. La exclusividad, subrayó, “vale dinero” y hay que saber negociarla caso a caso, recomendó.
El panel concluyó con una apelación a la articulación colectiva. Katia Pérez Díaz destacó el papel de la RCME como red de apoyo que ha colocado a mujeres en escenarios internacionales “a partir de un contacto y de una recomendación”.
En ese sentido, destacó también a SEMLac y al propio festival como espacios desde donde se han generado alianzas múltiples y llamó a las artistas a insertarse en el ecosistema emprendedor, más allá de su círculo musical inmediato.
“Necesitas conocer al diseñador, al fotógrafo o quien toma videos, a los productores, al periodista para que te haga la nota. Eso es otro mundo de información necesario, no solo para hacer un festival; también para dirigir tu carrera musical”, recomendó.
La líder de la RCME también insistió en la importancia de la marca personal como herramienta accesible, incluso sin capital económico. “A lo mejor yo no tengo el capital para hacer el gran festival o para hacer una campaña. Pero la marca personal sí la puedes empezar a trabajar. Tienes que empezar a contar tu historia, tu narrativa, quién tú eres”.
Hera de Cuba añadió una nota final sobre la performatividad de la imagen: “Yo no visto determinado color ni llevo el pelo así hoy por gusto. Cada vez que nos mostramos, estamos transmitiendo un mensaje”.
El festival contó con el respaldo del Ministerio de Cultura, el Instituto Cubano de la Música, la Asociación Hermanos Saíz, la embajada de Noruega en Cuba, RTV Comercial, Radio Taíno y otras instituciones.
La discusión deja una conclusión que trasciende el ámbito musical: las brechas de género en la industria musical cubana no se resolverán únicamente con políticas culturales, sino con una transformación más profunda de las estructuras sociales que siguen asignando a las mujeres el espacio doméstico, el cuidado no remunerado y la responsabilidad de gestionar su propia imagen como mercancía.



