La Habana, septiembre, (SEMlac). – Hacen falta más espacios para hablar de maternidades reales. No de la maternidad idealizada, sacrificada y silenciosa que se supone que todas debemos encarnar, sino de los conflictos, las culpas, los desajustes y también los placeres, aspiraciones y sueños que atraviesan a las mujeres que son madres y, al mismo tiempo, se sostienen a sí mismas con un proyecto propio.
Esa es una de las premisas que impulsa desde 2024 Emprender siendo mamá, un espacio de reflexión organizado por el proyecto Los colores de Isa —iniciativa socioeducativa enfocada en el desarrollo integral, el bienestar y la educación de la primera infancia a través del juego— para que madres emprendedoras puedan reconocerse en las experiencias de otras mujeres.

En su novena edición, celebrada en Espacio Híbrido, en La Habana Vieja, la invitada fue la fotógrafa y actriz May Reguera, fundadora de Océano Creativo, para quien la maternidad “transformó su lugar en el mundo”.
No es la primera vez que Reguera convierte su experiencia materna en un ejercicio colectivo de visibilización de una etapa de la vida que, en sus palabras, está “llena de desafíos y oportunidades”. En 2022 inauguró Vida, #latribu, una exposición de 44 fotografías que retrató a 43 madres cubanas que nació de su propio encuentro con la lactancia.
La experiencia fue, según recuerda, “extremadamente dura”: pezones agrietados y sangrantes, mastitis y una sensación de aislamiento que comenzó a transformarse cuando decidió compartir lo que estaba viviendo en redes sociales. La publicación la conectó con otras mujeres que atravesaban situaciones similares.
“Mis proyectos de esa primera etapa de la maternidad me salvaron”, reconoce. Fueron esas otras madres dispuestas a dar la cara por un problema real las que, dice, la sostuvieron.

la crianza, el emprendimiento, el cuidado y las decisiones personales
que atraviesan la vida de las mujeres. Foto: SEMlac Cuba
Desde entonces, la artista ha incorporado a su trabajo la deconstrucción de la idea “hiperromantizada” de convertirse en madre y ha defendido, desde la fotografía y las artes visuales, la necesidad de hablar de la maternidad sin que ello sea un ejercicio de vergüenza.
Esa perspectiva atraviesa su relación con el cuerpo: no como territorio de pudor, sino como algo que cambia y que merece ser comprendido sin la vigilancia constante de las normas sociales.
Reguera viene de las artes escénicas y, cuenta, allí aprendió a mirar el cuerpo como una herramienta narrativa, no como algo que deba esconderse. Esa perspectiva la aplica tanto a las transformaciones físicas que trae la maternidad —un cuerpo que engorda, adelgaza y cambia, y que rara vez se acepta tal cual— como a la manera en que se empieza a mirar el cuerpo de los futuros hijos e hijas.
Habló de la lactancia sin cubrirse, de la desnudez en su trabajo fotográfico y también de algo más cotidiano: cómo desde una simple ecografía ya se comenta el tamaño de los genitales del bebé, con una mirada que, a su juicio, anticipa la sexualización adulta.
Reguera también abordó un tema todavía tabú, que muchas mujeres callan o apenas mencionan: tuvo depresión posparto. Lo contó sin ánimo de confesión, ni desde el lugar de víctima, sino como parte de su historia.
“No había tenido la conciencia para despedirme de una parte de mi vida que ya no iba a volver”, explicó sobre aquellos primeros meses, marcados además por el aislamiento de la pandemia y la hospitalización de su hijo.
Nombrar esa experiencia en sus redes, dijo, tampoco fue un gesto solitario. Recibió mensajes de otras madres, algunas en público y muchas en privado, que se reconocían en las mismas emociones y culpas, y en “esa distancia entre la maternidad que se anuncia y la que efectivamente se vive”.
La corresponsabilidad en la crianza fue otro de los asuntos que trajo al debate. Reguera refirió la crianza compartida con su pareja, Adrián, quien años antes había sido editor de la exposición Vida, #latribu y la acompañó de cerca durante el proceso de lactancia de su hijo.
Cada vez que alguien elogia a un padre simplemente por estar presente, sostuvo, hay algo que debería revisarse. “Es un rol en el que yo digo: ‘no debería ser así, porque la paternidad es un asunto de dos’”.
Para ella, la corresponsabilidad no es una ayuda que se agradece, sino una responsabilidad que se comparte y que debería dejar de sorprender.
Uno de los grandes estereotipos sobre la maternidad es tener que elegir entre “ser madre o ser mujer”, como si fueran dos identidades en competencia, refirió. “Mis hijos vinieron a través de mí”, explicó, y si una mujer se descuida a sí misma, también termina afectando a su familia.
La maternidad, afirmó, no puede convertirse en sinónimo de borramiento de la identidad propia. “Estoy segura de que aquí no hay dos maternidades similares”, afirmó. No se trata, dijo, de encontrar un orden correcto, sino de aceptar que no existe un único modo de vivir la maternidad.
Otras voces, otras maternidades
Las experiencias compartidas mostraron que no existe una única manera de conciliar maternidad, trabajo, proyectos personales y circunstancias de vida.
Lissette Abadie, vicepresidenta ejecutiva del Jardín Botánico de La Habana “Quinta de los Molinos”, donde atiende la red de emprendimiento desde 2016, llegó a una de esas encrucijadas en medio de un proceso de separación, cuando le propusieron asumir la dirección completa de la institución.
Decidió no aceptar. Prefirió permanecer como gerente principal, un cargo que le permitía sostener también el proyecto de estimulación infantil que lidera, Peque Espacio, dirigido a niñas y niños de tres a siete años y enfocado en el desarrollo integral y la educación emocional de la primera infancia.
El proyecto había quedado en pausa durante la pandemia y fue reactivado en 2022. Asumir la dirección, explicó Abadie, habría significado cambiar por completo su manera de maternar y de trabajar.
En otras mujeres, las decisiones estuvieron relacionadas con las necesidades particulares de sus hijos e hijas. Majela Raza Hernández tiene dos niños, de 11 y ocho años. El menor tiene trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), una condición del neurodesarrollo que puede implicar dificultades de atención, hiperactividad e impulsividad.
A partir de su experiencia, señaló cuánto falta todavía para que los espacios docentes y la sociedad en general estén preparados para acompañar a niñas y niños neurodivergentes. Para ella, ese desafío se suma a las exigencias de sostener un emprendimiento de manualidades y velas artesanales.

Con ella coincidió Antonia Reicino, fundadora de Ziraluz, una marca de joyería artesanal. La emprendedora, que también se define como neurodivergente, habló de maternar desde esa condición, un cruce del que, señaló, se habla poco incluso dentro de los espacios que ya abordan la crianza.
Mercedes C. Muñoz Pozo, presidenta y creadora del Proyecto Sociocultural Luz de Vida —especializado en el acompañamiento a niños con TDAH y sus familias—, llevó la conversación hacia otro escenario.
Maternó a sus tres hijos con una discapacidad motora, con el apoyo de su esposo. Las barreras asociadas a su discapacidad y al espacio arquitectónico hicieron que el sueño de ir a la universidad fuese inalcanzable. Sin embargo, Luz de Vida nació y terminó convirtiéndose en aquello que la sostuvo “como persona, como madre, como ser humano”. Hoy apuesta, junto a su familia, por una mipyme de reciclaje y jardinería que permita sostener ese proyecto inicial.

La necesidad de detenerse y atender las propias necesidades apareció desde otra perspectiva en la experiencia de Amy Acosta, fundadora de Dhara, un proyecto de bienestar para emprendedores que defiende el autocuidado.
Para ella, comprender la importancia de las pausas resulta esencial. “Tengo mi caja de herramientas”, explicó al referirse a un método propio para detenerse, escuchar qué necesita el cuerpo en cada momento y actuar en consecuencia, incluso en medio de la demanda constante de maternar y emprender a la vez.
Aizel Llanes, en cambio, habló de un recorrido diferente hacia la maternidad: trece años de búsqueda, tratamientos de fertilidad que la llevaron a viajar fuera de Cuba y un embarazo a los 40 años marcado por diabetes gestacional.
En el encuentro hubo también lugar para una experiencia distinta: la de una mujer que no tiene hijos. María Carla Figuerola, quien llama a sus perros “niños con cuatro patas”, dijo que este es un espacio que admira profundamente. Psicóloga de formación, coordina desde hace seis años Eco Rizos, un proyecto de cosmética natural artesanal que acompaña a mujeres a vivir su autenticidad.
Su presencia permitió incorporar a la conversación la posibilidad de hablar de maternidad sin convertirla en una experiencia obligatoria o universal. Figuerola señaló que en su generación casi nunca se hablaba en primera persona de estos temas y celebró que existan cada vez más personas con la sensibilidad necesaria para ponerlos sobre la mesa.
Entre los testimonios destacó también una vivencia que atraviesa muchas de estas historias: la de madres que, después de separaciones complejas, han tenido que reinventar las maneras de estar presentes para sus hijos, aun sin compartir con ellos la cotidianidad física.
Por eso, para Reguera, estos encuentros no son un gesto simbólico. Pueden ser también una cuestión de salud. En su opinión, hablar de las maternidades deja de ser solo un desahogo. Puede convertirse también en una forma concreta de cuidado colectivo.



