Textura Violeta: Cholo elegante y ética huachafa

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La Paz, Bolivia (SEMlac).- “Cholo elegante” es una imagen que produce un cortocircuito mental en quienes tienen el racismo tan metido en el tuétano que ven, allí, una evidente contradicción. Es también el título de una canción producida a propósito en ritmo de chicha para, lejos de avergonzarse, reivindicar el origen del autor que, pese a su “cholitud”, logró gran valoración internacional.

Pero no hablaré de A.Chal, sino de la idea “cholo elegante”. Por ejemplo, convengamos en que el senador Nilton Condori es cholo (por origen indígena y situación de vida citadina), pero, ¿es elegante? Y, por otra parte, cómo se puede calificar la actitud de quienes le han procesado y encarcelado por opinar en ejercicio político de su cargo.

La reivindicación de lo de cholo elegante es muy acertada por el golpe que da a esa contradicción instalada, tal como lo es la orgullosa y empoderante resignificación de lo indio, o lo negro o lo mujer o lo marica, en una sociedad que les desprecia desde posturas clasistas, racistas, coloniales o machistas y que están totalmente relacionadas al ejercicio cotidiano del poder y del privilegio.

Es que la elegancia tiene una inmediata correspondencia con ese ejercicio del poder. No necesariamente con la autoridad de turno (aunque el presidente Rodrigo Paz y su esposa Bibi Urquidi se esfuerzan en mostrar la suya), sino con el poder profundo y estructural del que goza una parte de la sociedad que, pese a ser reducida en número, establece los parámetros o cánones de estética, de comportamiento y de esa distinción y capital cultural (en términos del sociólogo Pierre Bourdieu).

Así, lo elegante es una construcción social, una convención y no algo natural, no se nace con ello, sino que se aprende (esto lo explica muy bien Marcel Mauss, un clásico de la antropología). Pero, además, es algo que varía de una sociedad a otra, de una población a otra, y de una época histórica a otra.

En ese sentido, es una sociedad la que define sus propios parámetros de elegancia. Por ejemplo, la alteña (por la ciudad de El Alto y sus características aimaras) puede valorar como elegantes la arquitectura y diseño de “los cholets” (unión entre cholo y chatet) o las características de vestimenta de la chola y sus joyas, en especial cuando está de fiesta. Aunque, para mucha gente de la vecina ciudad de La Paz eso mismo les parezca de muy mal gusto.

Es también la sociedad la que indica a las mujeres la forma elegante, correcta, de comportarse y de mostrarse: con discreción, sin estridencias de ningún tipo, con ropa adecuada, medidas y peso del cuerpo correctas ¡La gordura no es elegante, por Dios! Tampoco resulta elegante ser contestonas, para eso están las cholas del mercado… volvemos al racismo y a la contradicción de lo cholo elegante.

“Si no fusilamos a estos ladrones, Bolivia no va a tener futuro (…) porque esta gente que nos gobierna (…) para ellos, nuestro pueblo es objeto sin sentimiento”, es lo que dijo Condori en un mitin político y con eso, ¡zas!, en prisión provisional acusado de terrorismo e instigación pública a delinquir.

Condori no es el primero, hace más de un año, otra chola, aunque sin pollera, Ruth Nina, buscó ser candidata a la presidencia y en ese contexto dijo: “Preferimos dar nuestras vidas antes que permitir que vengan a obligarnos a elegir a sus candidatos de la derecha (…) en vez de contar votos, va a contar muertos” ¡Zas!, presa por seis meses.

Ambas encendidas declaraciones fueron hechas con “formas inapropiadas” o poco elegantes para un discurso público, pero a la vez son evidentemente exageradas por su mínima posibilidad de cumplimiento: ¿Fusilar con qué armas? ¿Llamar al suicidio por los votos? No tienen base real de cumplimiento, ella y él lo saben y quienes les juzgan también. La forma es el pretexto y quienes lo dijeron son la razón de fondo.

Cuando conviene, en política se identifica la elegancia con la moderación, el silencio, la compostura o la capacidad de no incomodar. Pero esas asociaciones pueden servir para desautorizar y criminalizar a quienes denuncian una injusticia: se les acusa de ser agresivos, ordinarios, incapaces de mantener las formas o incitadores a delinquir.

Se trata de aleccionamientos hacia personas que aspiran o tienen cierto poder “sin merecerlo”, básicamente, por ser indígenas o cholas más que por ser de la oposición política. En Bolivia, un blanco puede decir barbaridades y no le pasa nada.

¿Qué puede ser más elegante que el respeto de la dignidad hacia los demás? El uso de las leyes por antojo político, para callar al adversario, a lo cholo indeseable evidentemente considerado poco elegante, es lo verdaderamente ordinario porque utiliza una ética profundamente violenta, indecente, vil y, además, muy huachafa (forzada).

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