México: Margarita Robles de Mendoza, la mujer que abrió camino al voto femenino

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Ciudad de México, octubre (SEMlac).- Sabemos poco de las mujeres feministas que iniciaron las primeras movilizaciones mexicanas en busca de la justicia social y el voto femenino. Sin embargo, de esa trayectoria proviene Margarita Robles de Mendoza, cuya acción individual y tesonera explica por qué y cómo fue sustantivo el trabajo histórico del Frente Único Pro Derechos de las Mujeres (FUPM, 1935).

Las movilizaciones de las mexicanas con la denominación de feministas aparecieron al final del siglo XIX y durante las primeras tres décadas del siglo XX como un potente movimiento. Este estuvo integrado por mujeres concretas que, sin embargo, no figuran ni en los libros de texto ni en la memoria política.

Margarita Robles de Mendoza nunca accedió a un puesto de elección popular, ni lo buscó, pero tuvo un liderazgo fundamental entre las pioneras en la demanda del voto ciudadano para las mujeres. Autónoma y libre, sus acciones y postulados deben ser observados no como simples complementos, sino como protagonistas de las luchas diversas de esta nación.

Nació en la Ciudad de México el 28 de septiembre de 1896 y murió en 1954. Hija de Pedro Robles y Elisa Díaz, su infancia transcurrió en un entorno familiar que valoraba la educación. Su padre había estudiado en la Escuela Normal Metodista de Puebla y, siguiendo sus pasos, ella ingresó a esa misma institución para titularse como maestra normalista.

Al final de su infancia y principios de su juventud, el país se vio inmerso en la Revolución mexicana. Al igual que muchas jóvenes de su generación, Robles de Mendoza se involucró de manera temprana en el conflicto social, participando activamente en la distribución de propaganda.

Militó en el movimiento sufragista desde 1917, a los 21 años. Universitaria y bilingüe, emprendió tareas fuera del país; nunca dudó de su capacidad y llegó a pronunciar los discursos más encendidos. También hizo lucha callejera. El voto femenino fue su causa durante décadas.

Se distinguió entre muchas por la versatilidad de su actuación. Dinámica, polémica, ilustrada y observada con sigilo por sus contemporáneas, fue probablemente la integrante más perseverante de un grupo de mujeres que promovieron con tenaz militancia la demanda del voto ciudadano en una diáspora entre 1915 y 1940.

Se definía como maestra, escritora, periodista, “oradora y feminista”, como declaró en alguna entrevista. Fue también diplomática, una sufragista de presencia y actividad internacional. Altisonante y definitiva, se ganó el epíteto de “mujer sándwich”, porque se apostó en las escalinatas del antiguo edificio de la Cámara de Diputados, en la calle de Donceles, con un cartel doble en el pecho y la espalda, reclamando el voto durante varios años.

Algunas historiadoras han tratado de descubrir quién era Margarita Robles de Mendoza. De su historia infantil y juvenil solo se sabe que empezó a leer niña y que la influencia familiar fue determinante en su vocación de periodista y escritora.

Tendría 30 años de edad cuando desplegó una intensa actividad en la promoción del voto y la organización de las mujeres, tarea que llevó a cabo por 28 años. Fue destacada y criticada por su oratoria argumentativa, por su capacidad de reflexión –registrada en artículos y libros–, y por su movilidad política.

Estudió en la Escuela Normal Metodista de Puebla, obteniendo el título de maestra. Más tarde viajó a California, matriculándose en el Pomona College, de Clearmont, donde se graduó como psicóloga educacional. Al lograr el permiso para trabajar del estado de California, ejerció la enseñanza. Estuvo casada con el abogado Salvador Mendoza, con quien tuvo un hijo. Posteriormente se separó de su marido, sin obtener el divorcio.

Colaboró activamente en la Revolución mexicana realizando tareas de distribución de propaganda y de enlace, así como enviando mensajes bajo las órdenes del general carrancista Lucio Blanco Fuentes (de 1879 a 1922). Luego del triunfo del constitucionalismo, fue parte del grupo de mujeres que apoyaron al caudillo Venustiano Carranza y su política de reformas, como las Leyes de Divorcio (1914) y de Relaciones Familiares (1917).

Robles de Mendoza, desde el inicio, estuvo presente en el incipiente movimiento feminista que había comenzado a despuntar en México hacia finales del siglo XIX, el cual alcanzó un fuerte impulso a partir de la revuelta iniciada en 1910. Las mujeres se organizaron desde diversos frentes.

Luego del triunfo del movimiento armado, la lucha sufragista, junto con la aparición de la prensa femenina en las últimas décadas del siglo XIX, fue sustantiva para cuestionar el lugar subordinado de las mujeres, colocando en el centro de su discurso el valor de la educación y la divulgación de sus demandas.

En 1920 se integró a la comitiva que acompañó a Carranza en la expedición para sofocar la sublevación del grupo de generales comandados por Álvaro Obregón, acción que fracasó y cobró la vida de Carranza.

Al finalizar la década de 1920, fue nombrada delegada de la Secretaría de Educación Pública (SEP) y, posteriormente, recibió el encargo de promover escuelas para niñas y niños mexicanos en el sureste de Estados Unidos.

Su compromiso con la causa del sufragio femenino fue permanente, dedicándole gran parte de su tiempo repartido entre México y Estados Unidos. Allí desarrolló una intensa militancia gracias a sus contactos con algunas líderes sufragistas estadounidenses, como Doris Stevens (de 1892 a 1963) y Alice Paul (de 1885 a 1977), y con algunas latinoamericanas.

Estas últimas propusieron la creación de la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), primera instancia de carácter internacional nacida en 1928. Su propósito era comprometer a los gobiernos a realizar reformas legislativas que pusieran fin a la discriminación de las mujeres e impulsar el sufragio.

Robles de Mendoza fue una entusiasta promotora de la CIM, como delegada de México en las Conferencias Panamericanas de 1930 y 1933, y en las reuniones que celebraba paralelamente con la comisión. Eso la colocó en la mira de las feministas mexicanas, que en varias ocasiones cuestionaron su nombramiento como delegada por su lejanía del país y por desconocer el trabajo local.

En 1923 organizó la sección mexicana de la Liga Panamericana, que cambiaría su nombre en 1934 por el de Unión de Mujeres Americanas (UMA), para conseguir el voto universal femenino. Esto se convirtió en el primer esfuerzo unitario del movimiento feminista mexicano.

En la década de 1930 alcanzó mayor protagonismo, al ser una de las primeras 16 representantes de la CIM que se reunieron en 1930 en La Habana, Cuba. Cinco años más tarde, Emilio Portes Gil, presidente del Comité Ejecutivo del Partido Nacional Revolucionario (PNR) y expresidente del país, la puso al frente de la organización de la sección femenil de ese partido.

Como dirigente de las mujeres del PNR presentó una propuesta para reformar el artículo 34 de la Constitución, pero no tuvo éxito, como tampoco obtuvo el apoyo para crear la Liga de las Sufragistas Locales.

“Su presencia no fue acogida gratamente por quienes la consideraban ajena a los asuntos mexicanos por haber vivido en el extranjero”, detalla la historiadora Ana Lau Jaiven.

Regresó a Estados Unidos, se relacionó con feministas de otros países del hemisferio y creó la UMA, cuyo lema fue: “América: asociación de mujeres evidenciando reacción inmediata contra el armamentismo”. Sus objetivos, aún vigentes, fueron la paz y la igualdad de derechos.

En 1933, en ocasión de la 7 Conferencia Panamericana realizada en Montevideo, el diario uruguayo La Crítica se refirió a ella en estos términos: “Margarita Robles de Mendoza es el prototipo de la mujer tajante en sus argumentos. Ella misma se llama una fanática de la causa de la mujer, en cuyas filas milita desde muy joven; mejor dicho, desde que era niña, porque aún es joven. Brilla en sus ojos, cuando habla, el fulgor del entusiasmo”.

El escaso interés oficial por reconocer a la CIM, cumplir con las recomendaciones de modificar las leyes que discriminaban a las mujeres y aprobar una ley de sufragio femenino la hizo protestar. Envió varias misivas al presidente Plutarco Elías Calles.

En 1937 envió una carta de protesta al presidente Lázaro Cárdenas por la tardanza de su gobierno en firmar el Tratado de Igualdad de Derechos Civiles, aprobado por la CIM en la reunión de Montevideo de 1933.

Durante el gobierno de Cárdenas participó activamente en las manifestaciones que se realizaron frente a la Cámara de Diputados por la reforma al artículo 34. Las activistas llevaron pancartas con lemas alusivos. La prensa de la época las bautizó como “mujeres sándwich”, pues llevaban los carteles pegados al cuerpo; sin embargo, de ellas solo existe una fotografía.

Margarita, como otras feministas de su generación, desarrolló una conciencia muy clara de la trascendencia política de su actuación y de la importancia de la participación de las mujeres en la política. Como militante del PNR trabajó por la incorporación de las mujeres a sus filas.

Creyó firmemente que la ciudadanía “era un derecho y una obligación que la mujer debe compartir con el hombre. No hay ningún principio social, jurídico o moral que científicamente impida la igualdad de hombres y mujeres ante la ley”.

En sus artículos y libros, Margarita Robles de Mendoza consideraba que el derecho al sufragio era parte de la ciudadanía. Aunque en una época se manifestó por el voto progresivo –pues sostenía que primero se debía educar a la mujer–, después su pensamiento evolucionó y reclamó el voto para todas las mujeres sin restricciones.

Fue autora de La evolución de la mujer, una compilación de sus conferencias y artículos publicados en la prensa (1931); Ciudadanía de la Mujer Mexicana, y Silabario de la ciudadanía de la mujer mexicana (1932).

A través de los escritos de Robles de Mendoza se observan reflexiones que no difieren de la política del presidente Cárdenas; por ello, sus detractoras calificaron su discurso como de un feminismo oficialista.

¿Hasta dónde las reflexiones de Robles de Mendoza en torno a “su oficialismo” fueron producto de su convencimiento o una estrategia del momento? No se sabe, pero tendieron a hacer concordar las miras entre el feminismo y los gobernantes, lo que facilitaría el camino hacia el sufragio.

Después de todo, Cárdenas fue un promotor de los derechos cívicos de la mujer, aunque siempre insistió en la concesión gradual. Lo que más ocupó su pensamiento como periodista y escritora fue el derecho al voto. En ello siempre fue muy clara, así como en su posición, la cual quedó resumida en el epígrafe que abre uno de los capítulos de su libro El voto progresivo para la mujer.

“Si somos feministas de verdad, si luchamos por la emancipación de la mujer, ayudémosla a levantarse, no poniéndole en las manos las armas que no sabe usar. Enseñémosle primero a usarlas para su defensa y protección, precisamente contra esas acechanzas perversas o malsanas que la hacen esclava. Eduquémosla, hagamos que se liberte de prejuicios sociales y religiosos, hagamos de ella un socio, según el concepto íntegro de la palabra en la moderna sociología. Démosle ‘virtud’, según la clásica acepción de la palabra que en el viejo latín significaba ‘fortaleza’, y entonces, solo entonces, podrá decirse que está capacitada para actuar como persona y como ciudadana”.

Y sostuvo que “tener cultura y educación era un asunto básico y el resto, es decir, el voto, los derechos políticos, la participación en los negocios públicos, todo, nos vendrá por añadidura…”. Las feministas coincidían en la importancia de la educación para lograr una completa emancipación de la mujer; quizá las diferencias estuvieron en el grado de relación que establecieron entre esta y los derechos políticos y ciudadanos.

Margarita Robles de Mendoza ahonda en el valor de las mujeres que estudian en las aulas como algo digno de recomendación. Evidenció que también es fundamental la labor de las mujeres que actúan y promueven la ciencia social. Consideraba que merecían su reprobación “aquellas ignorantes, supersticiosas y conformistas” que no se mezclaron en las luchas del feminismo ni con los proyectos de mejoramiento social emanados de este.

Robles de Mendoza escribió, como lo hicieron muchas de sus correligionarias, que ciertamente existían infinidad de hombres con representación popular, votantes e integrantes de agrupaciones políticas que eran ineptos y manipulables. Sin embargo, ello no debía ser pretexto, decía, para que las mujeres fueran otro medio para ampliar el mal.

“Si nuestro ideal es contribuir a hacer una patria mejor, no aumentemos sus faltas, no agrandemos sus lacras”, explicaba. Finalmente, lo que sí hay que destacar es su postura de que la mujer debía ganarse el sufragio mostrando cómo había colaborado por el bien común, una posición que todavía sigue vigente en 2026.

*Versión actualizada del texto original de la autora en el libro Las Indispensables: recuperando la memoria, Editorial INMUJERES, agosto de 2018.

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