La Habana, septiembre, (SEMlac). –¿Cuántas vidas puede tener un producto que se desecha? Para varias emprendedoras cubanas, la respuesta está en telas descartadas que se transforman en prendas y artículos para la salud, en envases que vuelven al circuito productivo, en residuos agrícolas que se convierten en insumos o en espacios degradados que recuperan su utilidad.
Son experiencias distintas, pero conectadas por una misma apuesta: mantener los recursos en circulación el mayor tiempo posible y encontrar nuevas formas de generar valor a partir de aquello que otros consideran desecho.
Una muestra de ese movimiento pudo verse en la tercera edición del Concurso Naranja de Economía Circular 2026, cuya premiación tuvo lugar el 24 de septiembre en La Habana.
El certamen, organizado por la Embajada del Reino de los Países Bajos junto a Negolution —revista digital y comunidad de negocios dedicada a visibilizar, conectar y potenciar el ecosistema de los emprendimientos en Cuba—, recibió 19 propuestas y seleccionó cinco finalistas, tras un proceso que incluyó cuatro talleres sobre economía circular y modelos de negocio sostenibles.

La edición de 2026 contó, además, con el apoyo de la Universidad de La Habana y buscó, precisamente, estimular el liderazgo en la creación de soluciones circulares y sostenibles, además de aportar herramientas para fortalecer los proyectos.
Las propuestas demostraron que la dimensión de estos procesos no depende del tamaño de los negocios, sino de su capacidad para mostrar resultados, alianzas y circuitos de aprovechamiento de recursos, valoró Arthur Kibbelaar, jefe de misión adjunto de la embajada neerlandesa.
En opinión de la emprendedora e integrante del jurado Greta Tilán, fundadora de un negocio de cosmética natural y aceites vegetales bajo un modelo sostenible de economía circular, la circularidad tampoco puede reducirse al reciclaje: requiere colaboración entre distintos actores para cerrar ciclos.
Mujeres que encuentran valor donde otros ven desechos
El primer lugar del certamen correspondió a Confecciones Textiles Estilos Maylié, un emprendimiento liderado por Maylie Sánchez Jiménez, con sede en Falla, localidad del municipio de Chambas, en la provincia de Ciego de Ávila, una comunidad del centro del país a más de 430 kilómetros de la capital.

Para Sánchez Jiménez, ser una mujer rural no le ha impedido desarrollar un proyecto con alcance nacional. Su propuesta parte de bancos de recolección de desechos textiles instalados en varias provincias, con el apoyo de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).
Las prendas recuperadas son higienizadas, reparadas para prolongar su vida útil o transformadas en nuevas líneas de producción. En el proceso intervienen otros materiales y emprendimientos: recortes de jabones artesanales para la limpieza, cuya agua residual se utiliza posteriormente en un cantero de plantas medicinales; tubos de cartón, nylon y otros recursos recuperados para el almacenamiento y embalaje, refirió.
Una de las líneas de mayor impacto social está dirigida a mujeres que atraviesan tratamientos o secuelas del cáncer de mama. El taller confecciona ajustadores, turbantes, gorros para pacientes de oncología y prótesis mamarias textiles a partir de materiales recuperados, que son entregadas gratuitamente a mujeres mastectomizadas de distintas partes del país.

La historia personal de Maylie está ligada a ese propósito: cuando tenía seis años, su madre fue diagnosticada con cáncer de mama y le enseñó costura y manualidades como una manera de enfrentar la enfermedad. Hoy ambas experiencias confluyen en un proyecto que acompaña a otras mujeres.
Al recibir el reconocimiento, Sánchez Jiménez destacó el hecho de emprender desde una zona rural y anunció que utilizará el premio para adquirir una estación de energía renovable, que le permita mantener las producciones ante la crisis electroenergética que vive la nación caribeña, con apagones que superan las 24 horas en muchas zonas del país.
Otra experiencia finalista, EnParalelo, fue fundada por el arquitecto Oliesky Fabre del Castillo junto a su esposa Mónica Meluza, quien hoy administra el proyecto. Su propuesta desarrolla un modelo de producción agrourbana de microvegetales mediante agricultura por contrato.
Los alimentos se entregan vivos en bandejas reutilizables a una red de más de 20 restaurantes de La Habana. Más de 100 bandejas semanales permanecen así en circulación, mientras el sustrato y la biomasa generados por la producción se integran a otros procesos.

El proyecto recupera, además, el endocarpio del coco procedente de pequeños negocios que comercializan coco rallado y lo incorpora como recurso para el cultivo.
“No solamente diseñamos el producto, también diseñamos los ciclos”, explicó Fabre del Castillo durante la presentación.
La tercera finalista, Cubela’s Surl, fue fundada en 2017 por la abogada Dalieny Ortega Cubela y ofrece servicios profesionales de limpieza, lavandería y tintorería. Mediante procesos especializados de lavado, desmanche, reconstrucción y redimensionamiento, el proyecto busca mantener materiales textiles en uso más tiempo, reducir residuos, costos y generar empleo local.
Ortega presentó el modelo de su negocio a partir de lo que denominó “las siete erres”: repensar, reducir, reparar, remanufacturar, reutilizar, recuperar y reciclar.
Las alianzas constituyen otro componente de la propuesta, dijo. Para Cubela’s, cerrar ciclos supone conectar negocios y otros actores capaces de aportar materiales, conocimientos, servicios o residuos que puedan convertirse nuevamente en recursos.
En La Habana del Este, la iniciativa Cojímar Circular, del Proyecto de Desarrollo Local El Cachón, liderada por Elizabeth Grillo Corrales, muestra otra dimensión: la recuperación de un espacio comunitario que durante años funcionó como vertedero.
Casi tres décadas de labor han permitido convertir aquel lugar en una experiencia que busca demostrar cómo una comunidad puede transformar su relación con los residuos, y en el caso particular de este proyecto, involucrando la participación activa de personas mayores. La circularidad se incorpora desde el diseño propio de la iniciativa y no como una acción posterior.
También desde una historia personal surgió la Herboristería Isotérico Herbal, liderada por Isolina Farías y dedicada a productos naturales para la salud y el autocuidado a partir de saberes botánicos familiares.
Tras un accidente que puso en riesgo una de sus piernas, comenzó a elaborar, entre otros productos, oleatos: aceites vegetales que absorben los principios activos y las propiedades de una o varias plantas medicinales mediante un proceso de maceración.
La circularidad surgió inicialmente como respuesta a la falta de envases: las propias personas consumidoras comenzaron a llevar los suyos para rellenarlos. Luego se incorporó la recuperación de otros materiales y una línea de cosmética sólida que reduce el uso de agua.
Según explicó Farías, esas prácticas no representan únicamente una respuesta ambiental para su emprendimiento, sino también una estrategia económica, pues reducen determinados costos y permiten recuperar materiales.
Las cinco experiencias muestran, desde ámbitos diferentes, que la economía circular no depende solamente de disponer de tecnologías complejas o grandes inversiones; sino que puede comenzar con una mujer que decide recuperar un producto, trascendió en la jornada.
Esos esfuerzos difícilmente pueden sostenerse de manera aislada, apuntó Tilán, quien además fue ganadora de la primera edición del concurso en 2022.
Para las mujeres que ya están construyendo estos circuitos, esas conexiones significan algo más que acompañamiento: mayor visibilidad para iniciativas que demuestran, desde Cuba y en contextos diversos, que aquello que parece haber llegado al final de su vida útil, todavía tiene otras oportunidades.



