Buenos Aires, Argentina (SEMlac).- Cómo transformar la evidencia científica en programas sostenibles, integrarlos a los sistemas de salud y lograr que puedan llegar a la mayor cantidad de personas posible fue el desafío que reunió a investigadores, profesionales de la salud y referentes de sistemas sanitarios de todo el mundo en el Brain Health and Cognition in Latin America, un encuentro organizado por Alzheimer’ Asspcoan en alianza con World Demetia Council.
Los debates giraron a los resultados de los estudios LatAm-FINGERS y U.S. POINTER, que demostraron que una intervención estructurada sobre el estilo de vida puede generar mejoras cognitivas.
La conversación de la segunda jornada de trabajo del evento se centró en cómo adaptar intervenciones basadas en evidencia a diferentes comunidades, hombres y mujeres, poniendo el foco en cómo llevar esas experiencias a la sociedad en general, incorporarlas a los sistemas de salud y generar las condiciones necesarias para sostenerlas en el tiempo.
La discusión en la capital argentina abordó algunos de los principales desafíos que aparecen al pasar de un ensayo clínico a una política o programa de salud: financiamiento sostenible, integración con la atención primaria, medición de resultados, articulación entre distintos sectores y participación de la sociedad civil.

Maria C. Carrillo, directora científica y responsable de asuntos médicos de Alzheimer’s Association, destacó que esta etapa también requiere producir nueva evidencia. “Para nosotros, la ciencia de la implementación consiste en demostrar cómo podemos implementar este tipo de programas y luego medir su impacto, porque eso es lo que busca un programa de salud pública o un sistema hospitalario”, afirmó.
En esa dirección, Gustavo Sevlever, de la Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Fleni), planteó que el desafío es avanzar desde iniciativas que dependen de líderes individuales hacia estructuras permanentes capaces de sostener las intervenciones en el tiempo. “Los campeones se retiran, los presupuestos fluctúan, los proyectos se terminan: tenemos que ir al sistema. El sistema permanece”, sostuvo.
Sevlever destacó, además, que no se trata necesariamente de crear nuevas intervenciones, sino de articular recursos y capacidades que ya existen en áreas como salud, educación, nutrición y actividad física. “Lo que nos falta no es invención, sino ensamblar las cosas que ya existen. No podemos escalar lo que no podemos medir”, afirmó.
Uno de los puntos centrales de la segunda jornada del encuentro fue que los expertos consideran que la investigación sobre implementación en el mundo real constituye la próxima frontera para transformar intervenciones prometedoras en soluciones de salud sostenibles.
En se sentido coincidieron en la oportunidad de generar evidencia sobre cómo funcionan las intervenciones en comunidades reales, evaluar sus costos y beneficios y construir modelos que puedan sostenerse más allá de proyectos piloto o fuentes temporales de financiamiento.
Ana Luisa Sosa, del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, presentó la experiencia de integrar intervenciones de salud cerebral en las Utopías de Ciudad de México, una red de espacios públicos que ofrece servicios sociales, culturales, deportivos y de cuidado. La iniciativa busca utilizar infraestructura ya disponible para acercar estas intervenciones a las comunidades y desarrollar un modelo que pueda sostenerse desde el sector público.
Sosa destacó que crecer en escala requiere que los gobiernos se apropien de los programas y los incorporen como parte de los servicios que brindan a la población. “Tenemos que hacer que el gobierno sienta que el proyecto es suyo, que se adueñe del proyecto, porque de esa manera lo ve como algo que está ofreciendo a la comunidad”, afirmó.
También señaló el papel de la sociedad civil para impulsar políticas sostenidas y comparó el desafío de la demencia con la experiencia de otros movimientos de salud que lograron convertir sus demandas en políticas públicas.
La discusión identificó otro desafío: cómo lograr que la evidencia científica se traduzca en información capaz de llegar a la sociedad y ocupar un lugar en la agenda pública. Representantes de organizaciones de la sociedad civil y especialistas coincidieron en que los datos científicos son indispensables, pero que su impacto también depende de la capacidad de comunicarlos de manera clara, accesible y vinculada con las experiencias de las personas.
Las conversaciones de los dos días dejaron planteado el próximo desafío para la salud cerebral en América Latina: transformar un cuerpo de evidencia científica cada vez más sólido en intervenciones que puedan integrarse a los sistemas de salud, medirse, sostenerse en el tiempo y alcanzar a comunidades con diferentes realidades sociales, culturales y económicas.
México
La salud mental en México muestra diferencias importantes entre hombres y mujeres, las cuales se observan tanto en la forma de reportar malestar, como en la búsqueda de ayuda y en las tasas de mortalidad por suicidio.

Las mujeres sufren con mayor frecuencia de síntomas internalizados, como ansiedad y depresión. Las encuestas nacionales reflejan tasas más altas de indicios de ansiedad (cerca del 25%) y depresión (alrededor del 13%) en mujeres adultas. Además, concentran la gran mayoría de las primeras consultas en los servicios públicos de salud mental.

Los hombres, en tanto, reportan menos diagnósticos y acuden menos a consultas de primera vez por ansiedad o depresión. A menudo externalizan el malestar de otras maneras o no lo expresan debido a normas culturales y estereotipos de género.
El comportamiento suicida
En México, aproximadamente ocho de cada 10 muertes por suicidio corresponden a hombres (cerca del 81%). Los especialistas señalan que los hombres tienen una menor tendencia a pedir ayuda profesional o expresar sus crisis emocionales, lo que agrava el riesgo ante momentos de vulnerabilidad.
El reto en niñas, niños y adolescentes
Los datos recientes indican que el malestar psicológico y las consultas tempranas por ansiedad y depresión ya son muy visibles en niñas y adolescentes entre los 10 y los 14 años. Sin embargo, el patrón de mortalidad por suicidio cambia conforme aumenta la edad, siendo más elevado en varones adolescentes y adultos jóvenes.



