Hidalgo, México (SEMlac).- María Ignacia Javiera Rafaela Agustina Feliciana Rodríguez de Velasco Ossorio Barba Jiménez Bello de Pereyra Fernández de Córdoba Salas Solano Garfías nació el 20 de noviembre de 1778 y se convirtió en una protagonista significativa de la Independencia de México, que se celebra cada 16 de septiembre.
En la primera novela histórica que reconstruye la vida de esta mujer, escrita por Artemio del Valle-Arizpe en 1949, él la describe como una niña ingeniosa, de piel clara, inventiva, cabello dorado, con una luz interior que le salía por sus ojos azules, rasgos que fueron determinantes para llamarla “La Güera”.
A los 16 años la joven se casó José Jerónimo López Peralta, militar, y tuvieron seis hijos. El matrimonio parecía tranquilo, pero el 4 de julio de 1802 ella lo demandó penalmente por intento de asesinato y solicitó el divorció, siguiendo el consejo de su confesor Francisco Manuel Arévalo. Fue así como se descubrió la violencia que ella sufrió con esa pareja.
Al ser liberado, él la acusó de adulterio. Dicha acusación fue desmentida por el mismo confesor que afirmó que “sin duda, con la mira a disculpar los abominables hechos de golpearla muchas veces, dicho testimonio era tan falso como verdaderas las acusaciones de maltrato”. Solamente pudo separase de él hasta que ese hombre murió.
Su segundo marido fue Mariano Briones, de 70 años de edad, quien murió a los tres meses y ella pudo heredar su gran fortuna. Nuevamente el escándalo la siguió pues se aseguraba que había provocado la enfermedad que llevó a la muerte a dicho personaje. Juan Manuel Elizalde fue su tercer esposo y llevaron una vida tranquila hasta que ella murió.
Sin embargo, los mitos y rumores volvieron un escándalo su vida porque la relacionaron con hombres como Simón Bolívar, Alexander von Humboldt y el general Agustín de Iturbide.
De este último existe la historia de que ella lo convenció de pasarse al bando insurgente e, incluso, de negociar para lograr la pacificación, acto que se vio reflejado en el llamado abrazo de Acatempan, donde Iturbide y Guerrero llegan a un acuerdo importante para el fin de la guerra. Se dice que tal fue su influencia que durante la declaración de la Independencia, el 27 de septiembre de 1821, lo persuadió para que el desfile se desviara a la calle donde ella vivía y las tropas desfilaran frente a su balcón.
Posiblemente esos chismes en torno a ella estaban relacionados con su carácter desinhibido, su natural coquetería, tacto irreprochable, gran sentido de oportunidad, inteligencia envidiable e ingenio desbordante. Nunca dudó en mostrar abiertamente su gran simpatía por el movimiento insurgente. Ayudó a transportar armas y posiblemente donó dinero para la causa. Públicamente alababa a Hidalgo y a Morelos. Por eso fue llamada a comparecer ante la Inquisición y su manera de defenderse resultó admirable.
Si bien no existen documentos que permitan reproducir el discurso de María Ignacia Rodríguez cuando enfrentó a la Inquisición de la Nueva España, acusada de conspirar contra el gobierno y de apoyar la causa insurgente, la novela de Artemio del Valle-Arizpe reproduce de una manera verosímil lo que pudo ocurrir en ese momento.
El autor aseguraba que los devaneos de la Güera fueron tolerados por sociedad de la época, “exigente y pacata” por ser ella una mujer hermosa. Lo que no le permitieron fue el desentono de proclamarse públicamente simpatizante de los insurgentes. Esta osadía causó escándalo e indignación, por lo que fue citada a la Inquisición por la denuncia del espía Juan Garrido, quien la acusó de ser una de las mujeres que apoyaba la causa insurgente.
Del Valle-Arizpe describe que la Güera no se preocupó ni se asustó cuando llegó al salón donde la esperaban para juzgarla. El escritor recreó como pudo haber actuado esta inolvidable mujer:
“Se plantó la Güera ante los inquisidores, muy garbosa y decidida, y después de pasarles la vista junto con una sonrisa, les hizo larga reverencia como si fuese el airoso remate de una figura de pavana, de gallarda o de ceremonioso minué. Desplegó en seguida la pompa multicolor de su abanico de nácar y empezó a agitarlo frente a su con pecho lenta y suave parsimonia, con toda la tranquilidad del mundo. Volvió a sonreír con apacible encanto”.
El escritor quiso destacar que la audacia de ella logró dejar pasmados a los inquisidores, los mismos que imponían terribles castigos y cárceles perpetuas a quienes condenaban, y destacó en su relato que uno de los tres jueces había querido tener un romance con ella, y que el otro resultó ser un allegado y le sabía algunos secretos. Por eso, esos tres hombres no la espantaban.
“Les atronó las orejas al preguntarles con la mayor naturalidad del mundo y gran dulzura en la voz, si ellos que eran esto y lo otro y lo de más allá y que habían hecho tales y cuales cosas, ¿serían capaces de abrirle causa y sentenciarla? La Güera, con el lindo rostro bañado en luz de sus sonrisas, les dijo que los gustosos vicios que tenían eran ya públicos y notorios y se contaban por las plazas. Los derribó con la filosa espada de su lengua. Salió muy airosa. Ya en la puerta, se volvió llena de gracia e hizo una larga reverencia…”
Esta recreación literaria da pauta para detectar una problemática real, la injuria como una manera de condenarla y descalificarla. Sin embargo, pese a tal actitud contra ella, su respuesta representó una interesante reacción cuyo efecto no es defenderse como mujer estigmatizada, sino poner en duda los principios ideológicos y morales de los que parte y le dan su fuerza normativa.
El contraste entre un acto basado en la injuria y otro que le responde, permite la negociación de significados, el intercambio intersubjetivo de creencias acerca de cómo debe ser la vida en sociedad y de cómo podemos transformarla.
Es así como la novela hace suponer que una mujer como La Güera supo usar una estrategia discursiva de réplica o un discurso de resistencia, donde sin temor ni abnegación logró defenderse al teatralizar su habilidad de seducción en su actuar y en su discurso frente la Santa Inquisición, a quienes logró silenciar al hacer referencia al comportamiento sexual “punible socialmente” de los inquisidores y salir absuelta.
Esa fuerza de carácter e inteligencia no fue celebrada por los hombres en el poder y la condenaron a un exilio en Querétaro. Aunque después logró que se le permitiera regresar a la Ciudad de México, prefirió dedicarse a la reflexión y a las oraciones, así como a la beneficencia. Falleció el primero de noviembre de 1850.
* La autora es periodista feminista, escritora y catedrática en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.



