Guadalajara, México (SEMlac).- En estos días estaré en Bangkok, Tailandia, participando en el Sexual Violence Research Initiative (SVRI) Forum 2026, que se realiza del 5 al 9 de octubre. No será solamente otro encuentro internacional en mi agenda.
Quiero llegar a este espacio con las voces, las experiencias y las resistencias de las mujeres de América Latina y el Caribe; con las preguntas que nos hacemos desde nuestros territorios y también con la certeza de que el conocimiento feminista tiene sentido cuando contribuye a transformar la vida de las mujeres.
El SVRI constituye la mayor red global dedicada a promover la investigación sobre la violencia contra las mujeres, contra niñas y niños, y otras formas de violencia vinculadas con la desigualdad de género. Su trabajo se sostiene sobre principios que compartimos profundamente: colaboración, feminismo, equidad, responsabilidad, ética e interseccionalidad.
El lema del Foro de este año es sencillo y poderoso: Connect. Share. Learn (Conectar. Compartir. Aprender). Y quizá esas tres palabras resumen una parte importante de lo que necesitamos en este momento: encontrarnos cuando tantas fuerzas intentan aislarnos; compartir el conocimiento que construimos desde experiencias y territorios diversos; y aprender unas de otras para fortalecer nuestras respuestas frente a las violencias.
Más de 1.500 personas de distintas partes del mundo, investigadoras, activistas, sobrevivientes, responsables de políticas públicas, profesionales y financiadoras, nos encontraremos en Bangkok. El programa fue construido a partir de 2.186 propuestas recibidas para esta edición, en busca de que las discusiones respondan a lo que está ocurriendo sobre el terreno y a las preguntas de quienes están directamente afectadas por las violencias.
Desde el Comité de Latinoamérica y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Cladem), llegaré a Bangkok con una historia colectiva construida durante décadas en América Latina y el Caribe. Una historia que nos ha enseñado que investigar las violencias contra las mujeres no significa solamente producir estadísticas. Significa preguntarnos quién nombra la violencia, quién produce el conocimiento sobre ella, quién tiene acceso a los recursos y, sobre todo, qué hacemos con la evidencia una vez que la tenemos.
Porque conocemos las cifras. Hemos documentado feminicidios y femicidios. Hemos acompañado la denuncia de la violencia sexual. Hemos mostrado cómo la violencia política busca expulsar a las mujeres de los espacios de decisión. Hemos denunciado los embarazos infantiles forzados y las múltiples vulneraciones de derechos que enfrentan niñas obligadas a continuar embarazos producto de violencia sexual.
Pero documentar no basta, la evidencia debe convertirse en acción. Debe servir para transformar leyes, presupuestos y políticas públicas; para exigir responsabilidades a los Estados, para fortalecer litigios estratégicos, para acompañar a las víctimas y sobrevivientes y para impedir que aquello que hemos documentado tantas veces termine normalizándose.
El encuentro ocurre, además, en un contexto particularmente complejo. El propio documento del Foro reconoce que las condiciones políticas, sociales y de financiamiento para quienes trabajan contra las violencias hacia las mujeres y la niñez son cada vez más difíciles.
Y aquí quiero detenerme. Porque detrás de cada recorte a una organización feminista no desaparece simplemente un proyecto. Puede desaparecer una abogada que acompaña a una mujer, una investigación que documenta una violencia invisibilizada, una red que sostiene a una defensora, una organización que acompaña a una niña, una estrategia de litigio que puede transformar una legislación.
Por eso hablar de financiamiento feminista también es hablar de derechos humanos.
Hay otro aspecto que me interesa especialmente. El Foro reconoce que trabajar cotidianamente con la violencia tiene un costo emocional y coloca el cuidado y el bienestar como parte integral del encuentro. No como un lujo, sino como una condición para sostener este trabajo. En su edición anterior hubo espacios de acompañamiento, meditación, respiración, atención psicológica y cuidado colectivo.
Las feministas lo hemos dicho durante años: no podemos transformar el mundo destruyéndonos en el intento.
Viajo entonces a Bangkok para escuchar, compartir y aprender. Pero también para llevar conmigo las preguntas de nuestra región.
¿Quién financia hoy la lucha contra las violencias hacia las mujeres? ¿Quién decide qué investigaciones merecen recursos? ¿Cuánto del conocimiento producido regresa verdaderamente a las comunidades? ¿Estamos escuchando suficientemente a las sobrevivientes? ¿Y qué lugar ocupan las organizaciones feministas del Sur Global en las decisiones sobre las agendas internacionales?
No tengo todas las respuestas. Precisamente por eso necesitamos encontrarnos.
Desde América Latina y el Caribe tenemos mucho que compartir con el mundo: décadas de organización feminista, litigio estratégico, construcción jurídica, investigación y resistencia. Hemos aprendido que el derecho puede reproducir desigualdades, pero también que podemos disputarlo y convertirlo en herramienta de cambio.
Eso llevaré conmigo a Bangkok.
Y regresaré, espero, con nuevas preguntas, nuevas alianzas y nuevos aprendizajes.
Porque frente a las violencias que atraviesan fronteras, nuestras respuestas tampoco pueden quedarse encerradas dentro de ellas.
Desde Cladem nos comprometemos a Conectar, Compartir, Aprender. Y transformar.
*La autora es Doctora en Ciencias. Coordinadora Regional del Comité de Latinoamérica y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer (Cladem). Profesora Investigadora de la Universidad de Guadalajara (UdeG).



