{"id":104675,"date":"2026-04-17T14:14:11","date_gmt":"2026-04-17T20:14:11","guid":{"rendered":"https:\/\/redsemlac.com\/semmexico\/?p=104675"},"modified":"2026-04-17T14:14:12","modified_gmt":"2026-04-17T20:14:12","slug":"la-ciudad-de-las-manos-tercas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redsemlac.com\/semmexico\/la-ciudad-de-las-manos-tercas\/","title":{"rendered":"La ciudad de las manos tercas"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Francisco Ortiz Pinchetti<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">SemM\u00e9xico, Ciudad de Mexico, 17 de abril, 2026.-&nbsp;\u201cLa dignidad del trabajo manual es la base de nuestra identidad urbana\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Tengo la irremediable y feliz costumbre de vivir \u2013y revivir&#8211;mi ciudad a pie, como cualquier transe\u00fante, a menudo sin rumbo. As\u00ed, hace unos d\u00edas camin\u00e9 por la calle de Rep\u00fablica de Cuba, en el Centro Hist\u00f3rico. Conforme me acercaba a la Plaza de Santo Domingo el estruendo de las prensas Heidelberg me oblig\u00f3 a detenerme.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En las viejas imprentas de este rumbo, el olor a tinta y a plomo fundido sigue pegado a las paredes, como una advertencia.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Es un aroma que reconozco bien, por cierto: hace a\u00f1os tuve mi propia prensita manual, una joya mec\u00e1nica que compr\u00e9 precisamente ah\u00ed, en los portales, a un impresor que me ense\u00f1\u00f3 que la letra, si no pesa, no vale. La usaba para imprimir invitaciones de bodas, tarjetas de presentaci\u00f3n y sobre todo tarjetas de Navidad, en temporada.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ahora mismo siento que entro a uno de estos talleres y observo al operario acomodar los tipos m\u00f3viles con una rapidez que ya quisiera cualquier dise\u00f1ador de oficina; no hay pantallas aqu\u00ed, s\u00f3lo el golpe r\u00edtmico del metal que confirma que la impresi\u00f3n artesanal se niega a morir frente al t\u00f3ner digital que se borra con un estornudo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ah\u00ed mismo, bajo el dintel de piedra del llamado \u201cPortal de Evangelistas\u201d, constato que los escribanos siguen en su sitio, como si el tiempo se hubiera quedado sin bater\u00eda. Me acerco a uno que teclea en una Smith-Corona con una cadencia que parece un ametrallamiento. No redacta una carta de amor \u2014el romanticismo ya no paga la renta\u2014, sino un contrato de arrendamiento para un cliente que espera con cara de urgencia. Me dice que la gente todav\u00eda conf\u00eda m\u00e1s en lo que sale de su cinta entintada que en un formato de internet que cualquiera puede alterar. Es la autoridad del papel f\u00edsico, sellado bajo la sombra de la plaza, un oficio que sobrevive desde la \u00e9poca virreinal con una terquedad que ya quisieran nuestras instituciones.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Lejos de ah\u00ed, en la entra\u00f1able colonia Roma, visito un taller de m\u00e1quinas de escribir donde los estantes parecen un cementerio de elefantes de hierro: Olivetti, Remington, Underwood. El mec\u00e1nico, con las manos negras de aceite industrial, desarma un carro frente a m\u00ed.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Me explica con sarcasmo que no hay refacciones porque el mundo decidi\u00f3 que lo eterno no es negocio; para salvar una m\u00e1quina tiene que \u00abcanibalizar\u00bb otra.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Observo c\u00f3mo limpia cada resorte con un pincel fino, como si estuviera operando a coraz\u00f3n abierto. Aqu\u00ed la ingenier\u00eda se resuelve con el o\u00eddo, no con un manual de usuario traducido del chino. Un clic fuera de lugar delata la falla que el tacto termina por corregir. Es la paciencia contra el algoritmo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En otros de mis recorridos encuentro al vendedor de escobas de mijo y plumeros de avestruz (eso asegura \u00e9l) que camina cargado como un jard\u00edn vertical andante; es un milagro que no lo atropelle el Metrob\u00fas con semejante cargamento.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Escucho tambi\u00e9n el silbato del afilador que pedalea su bicicleta adaptada, como en la pel\u00edcula&nbsp;Roma;&nbsp;saca chispas de un cuchillo cebollero con una precisi\u00f3n que ya envidiar\u00edan los chefs de televisi\u00f3n. Y, al doblar la esquina, el vapor del carrito de camotes emite ese silbido ensordecedor que es el terror de los perros y la gloria de los est\u00f3magos. Es un aroma que sobrevive entre edificios de departamentos que presumen \u00abinteligencia\u00bb\u2026 pero que no saben a qu\u00e9 huele la le\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En los talleres del norte citadino, otro d\u00eda, veo a los cartoneros trabajando en los \u00abJudas\u00bb para la Semana Santa. Utilizan peri\u00f3dico viejo y engrudo para dar forma a figuras que terminar\u00e1n en cenizas. Me explican que ahora las pi\u00f1atas son casi todas de puro cart\u00f3n, no por gusto, sino porque el mundo se volvi\u00f3 fr\u00e1gil y ya nadie quiere lidiar con una olla de barro que se rompe. Es el mismo rigor que observo en el cortinero que llega con su nivel y su plomada para instalar rieles a medida, burl\u00e1ndose de la fragilidad de lo que se compra en las grandes tiendas y que se dobla con s\u00f3lo mirarlo.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Ya de regreso al Centro Hist\u00f3rico, entro al taller de un encuadernador. Sobre su mesa hay un diccionario del siglo XIX deshojado. Lo veo coser con hilo de lino, con una calma que parece un insulto a la prisa citadina. Me dice que su trabajo es rehabilitar la memoria: un libro bien encuadernado puede durar otras tres generaciones. Es la misma apuesta que encuentro con el colchchonero que todav\u00eda ofrece varear la lana, o el tapicero que desarma un sof\u00e1 para renovar los resortes uno por uno, asegurando que el mueble de la familia no termine en la banqueta al primer sent\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">El mapa de la ciudad, sin embargo, tiene sus bajas. Ya no pasa el mielero con sus panales ni el pajarero con sus jaulas labradas, apiladas en una torre de equilibrios m\u00e1gicos. El esta\u00f1ador, que remendaba ollas con soldadura caliente, se perdi\u00f3 junto con el peltre. Tampoco queda rastro del aguador que cargaba c\u00e1ntaros de barro, un oficio que el entubamiento masivo borr\u00f3, dej\u00e1ndonos a merced de los recibos del agua. Se fueron tambi\u00e9n los encendedores de faroles, v\u00edctimas de una luz el\u00e9ctrica que no tiene nada de po\u00e9tica.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">En Tepito y La Lagunilla, la resistencia es m\u00e1s brava. Los anticuarios no necesitan certificados; les basta tocar la madera para saber si es cedro o una estafa barnizada. Los reparadores callejeros resucitan licuadoras y motores que el fabricante dio por muertos hace mucho, demostrando que el ingenio mexicano es la mejor garant\u00eda de f\u00e1brica. Acaso encuentro a un viejo dicharachero que repara aspiradoras, en el parque Tlacoquem\u00e9catl.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Esos hombres y mujeres sobrevivientes del oficio son el alma de la capital. Al verlos trabajar, compruebo que la dignidad del oficio manual es lo que todav\u00eda nos da identidad frente al avance de lo desechable. En cada escribano, en cada mec\u00e1nico y en cada cartonero hay una decisi\u00f3n de quedarse, de seguir haciendo las cosas con las manos y con rigor. Son los guardianes de una ciudad que se niega a olvidar c\u00f3mo se construye la realidad, puntada tras puntada, lejos de la frialdad de una pantalla que nunca sabr\u00e1 lo que es tener callos en las manos. V\u00e1lgame.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">@fopinchetti<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Francisco Ortiz Pinchetti SemM\u00e9xico, Ciudad de Mexico, 17 de abril, 2026.-&nbsp;\u201cLa dignidad del trabajo manual es la base de nuestra identidad urbana\u201d. Tengo la irremediable y feliz costumbre de vivir \u2013y revivir&#8211;mi ciudad a pie, como cualquier transe\u00fante, a menudo sin rumbo. 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